8 de marzo de 2026

En busca de la oveja perdida

En busca de la oveja perdida 


 

En la parábola de la oveja perdida, o del buen pastor, Jesús plantea una paradoja: “¿No deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra?” (Lc 15,4); pues parece importarle más una sola perdida que una multitud que ya tiene con Él. De este modo nos muestra el valor de cada uno de nosotros para Él. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Así, Jesús, como Buen Pastor, nos ama y nos quiere dar la vida eterna. Y no solo eso, sino que “a sus ovejas las llama una por una” (Jn 10,3). Cristo lo mostró así con su trato personal, con su modo de sanar a cada uno de los que se acercaban a Él, o a los que Él mismo buscaba para salvarlos. Es el caso del encuentro que tuvo con la samaritana, “tenía que pasar por Samaría” (Jn 4,4). El profundo diálogo que tuvo con ella le cambió la vida: “La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?” (Jn 4,28-29).

Es también la experiencia que vive Zaqueo: en medio del gran gentío, Jesús se fijó en él: “Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19,5). Es por el valor que tiene para Jesucristo la conversión de un solo pecador en medio de la multitud que le sigue. Del mismo modo que, cuando una gran muchedumbre se agolpaba en torno al Señor, Jesús se detuvo ante la fe de una mujer que sufría la impureza de su enfermedad: “Jesús dijo: Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí” (Lc 8,46). Es el gran misterio que interpela a los propios discípulos: Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” (Mc 5,31).

Y es que la misericordia del Señor mira a cada uno de forma personal, no a la masa en general. Esto lo muestra también Cristo cuando está en la Cruz. Hay uno entre la muchedumbre que contempla el escándalo de la crucifixión. El gran sufrimiento de Jesús es el de estar ofreciendo la salvación y que no sea acogida, el desprecio al gran Amor por excelencia: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Por nosotros: por nuestros pecados y en nuestro lugar.

Y ese gran dolor de Cristo al no ser acogido su plan de salvación se transforma en alegría cuando el ladrón arrepentido le confiesa y pide clemencia para él, y Jesús le da la gran noticia: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Es la lógica de la misericordia, la prueba que demuestra la paradoja: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP