En busca de la oveja perdida
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En la parábola de la oveja
perdida, o del buen pastor, Jesús plantea una paradoja: “¿No deja las noventa y
nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra?”
(Lc 15,4); pues parece importarle más una sola perdida que una multitud que ya
tiene con Él. De este modo nos muestra el valor de cada uno de nosotros para
Él. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo
el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Así, Jesús, como Buen Pastor, nos
ama y nos quiere dar la vida eterna. Y no solo eso, sino que “a sus ovejas las
llama una por una” (Jn 10,3). Cristo lo mostró así con su trato personal, con
su modo de sanar a cada uno de los que se acercaban a Él, o a los que Él mismo
buscaba para salvarlos. Es el caso del encuentro que tuvo con la samaritana, “tenía
que pasar por Samaría” (Jn 4,4). El profundo diálogo que tuvo con ella le
cambió la vida: “La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la
gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será
el Cristo?” (Jn 4,28-29).
Es también la experiencia que
vive Zaqueo: en medio del gran gentío, Jesús se fijó en él: “Y cuando Jesús
llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto, porque
conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19,5). Es por el valor que tiene
para Jesucristo la conversión de un solo pecador en medio de la multitud que le
sigue. Del mismo modo que, cuando una gran muchedumbre se agolpaba en torno al
Señor, Jesús se detuvo ante la fe de una mujer que sufría la impureza de su
enfermedad: “Jesús dijo: Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza
ha salido de mí” (Lc 8,46). Es el gran misterio que interpela a los propios
discípulos: Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha
tocado?” (Mc 5,31).
Y es que la misericordia del
Señor mira a cada uno de forma personal, no a la masa en general. Esto lo
muestra también Cristo cuando está en la Cruz. Hay uno entre la muchedumbre que
contempla el escándalo de la crucifixión. El gran sufrimiento de Jesús es el de
estar ofreciendo la salvación y que no sea acogida, el desprecio al gran Amor
por excelencia: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos”
(Jn 15,13). Por nosotros: por nuestros pecados y en nuestro lugar.
Y ese gran dolor de Cristo al no
ser acogido su plan de salvación se transforma en alegría cuando el ladrón
arrepentido le confiesa y pide clemencia para él, y Jesús le da la gran
noticia: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Es la
lógica de la misericordia, la prueba que demuestra la paradoja: “habrá más
alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y
nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7).
Hno. Miguel Jiménez, EdMP
