“Tu gracia vale más que la vida”
(Sal 62) es un versículo de la Biblia que podría resumir la vida consagrada.
Fue el lema de la beatificación de 16 mártires granadinos de la persecución
española del siglo XX, y es que la amistad con Cristo vale más que la propia
vida. Eso lo muestran los que dan por el Señor su vida a torrentes o también,
como diría el Siervo de Dios P. Leocadio, EdMP, “gota a gota”, que es el valor de la
vida consagrada.
Ciertamente, la vocación a la
vida consagrada es un don inmerecido de Dios, pues es Él quien tuvo la iniciativa
desde el principio: “Desde el seno materno te escogí” (Jr 1,5). Es inmerecido
puesto que todos somos indignos de esta singular vocación, pero el Señor se
fija en nosotros “porque es eterna su misericordia” (Sal 135). Y si implica una
acción por nuestra parte –no iniciativa- es la de una respuesta. Cuando alguien
se ha sentido tan amado por Dios puede sentir cómo el Señor pregunta lo que
dijo a los Apóstoles en la Última Cena: “¿Comprendéis lo que he hecho con
vosotros?” (Jn 13,12). Y esta respuesta se traduce en una opción radical por el
Señor, que es quien nos ha hecho suyos llamándonos por nuestro nombre: “Te he
llamado por tu nombre, eres mío” (Is 43,1).
Es una llamada a una comunión
plena con Cristo: “Los llamó para que estuvieran con Él” (Mc 3,14), ese es el
principio y fundamento, estar unidos del todo al Señor. Lo demás son
complementos. Esto no se consigue con el mero esfuerzo personal, pues es una
gracia de Dios, la fuerza de Cristo en nosotros: “Muy a gusto presumo de mis
debilidades porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque cuando soy
débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,9-10). Por eso podemos pedir lo que dice
la plegaria eucarística tercera: “que Él nos transforme en ofrenda permanente”.
Así, poder decir cada día como la Virgen María: “Aquí está la Esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); fiados en que la gracia de
Dios acompaña a los que confían en su Misericordia.
Por tanto, una vida entera para
Dios, el dueño de nuestra historia, vivida con la alegría de quien se sabe
amado y llamado por el Señor. “Te alabarán mis labios” continúa el salmo 62,
pues nuestra vida se convierte en un canto continuo de alabanza cuando la
consagramos a Dios.
Como inspiración para ello, para quienes estén dispuestos a ofrecer una entrega mayor al Señor, está la oración compuesta por San Ignacio de Loyola: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra infinita bondad, y delante de vuestra Madre Gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial: que yo quiero, y deseo, y es mi determinación deliberada, con tal de que sea vuestro mayor servicio y alabanza, imitaros en pasar toda clase de injurias, y todo menosprecio y toda pobreza, así actual como espiritual, si vuestra Santísima Majestad me quiere elegir y recibir en tal vida y estado” (EE 98).
Hno. Miguel Jiménez, EdMP







