Arrójate a los brazos de Jesús
Todos nosotros tenemos heridas en
nuestro corazón por nuestros propios pecados. El orgullo, la autosuficiencia,
la desconfianza, casi sin darnos cuenta, nos van separando de Dios. Claro que
todos somos buenos, pues nos ha creado Dios, “y vio Dios que era muy bueno” (Gn
1,30). Pero el hombre está herido por el pecado original –herido, no
corrompido-, y, por tanto, es débil y frágil. Somos “vasijas de barro” (2 Cor
4,7).
Sin embargo, no estamos perdidos,
hay Alguien que nos ha rescatado, ha “dado la vida por sus amigos” (Jn 15,13),
ha ido a nuestro encuentro y “muy contento sobre los hombros” (Lc 15,5) nos ha
cargado; ha corrido hacia nosotros conmovido, y celebrado una fiesta porque
“este hijo mío (…) se había perdido y ha sido hallado (Lc 15,24). Como dice el
Santo Cura de Ars, “No es el pecador quien regresa a Dios para pedirle perdón;
es Dios quien corre detrás del pecador y lo hace volver a Él”.
Así que no hay por qué tener
miedo al Sacramento de la Confesión, porque Dios es el mayor interesado en
nuestra felicidad, Él nos ha creado por Amor y nos ha llamado “a estar con Él”
(Mc 3,14). No debemos tener escrúpulos ni desconfiar, pues Cristo, como Buen Samaritano,
en la persona del sacerdote, “al verle tuvo compasión: Acercándose, vendó sus
heridas, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lc 10,34). Esa posada es la
Iglesia, a la que Dios nos acerca cuando nos dejamos perdonar por Él.
No dudemos ni busquemos excusas,
puesto que Jesús siempre ofrece el perdón a quien se lo pide: “A quienes
perdonéis los pecados, les quedarán perdonados” (Jn 20,23). Así lo enseñó
Cristo: “Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a
vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que
se lo piden!” (Lc 11,13). Así, “Dios se complace en los que esperan en su amor”
(salmo 147), por eso propongo a modo de disposición la oración del santo
abandono de San Carlos de Foucauld, y de este modo nos pongamos “como un niño
en brazos de su madre” (salmo 130):
Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de
mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu
voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi
corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus
manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre.
Porque Dios “sana los corazones
quebrantados, venda sus heridas” (salmo 147), podemos rezar con la confianza
puesta en Dios nuestro Padre la oración de curación
de recuerdos compuesta por el Siervo de Dios Emiliano Tardif, y que aparece
en su libro Jesús está vivo.
Y para que pueda servir como
preparación para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, propongo un examen de conciencia
basado en el himno de S. Pablo a la Caridad.
¡Ánimo, reconozcamos a Dios nuestro
pecado sin miedo, que actúa en la persona del sacerdote! “El Señor es clemente
y compasivo, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es
cariñoso con todas sus criaturas” (salmo 145). Dejemos ganar a Cristo. Dios es
más grande que tu miseria. Saciemos la sed que tiene Él de nosotros y de nuestro
amor. No nos quedemos encerrados en nuestro pecado, sino que corramos a
lanzarnos al abismo de la Misericordia de Dios, y así podamos proclamar: “¡Dad
gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!” (salmo
135).




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