20 de septiembre de 2026

Cosas de carismas con... Pablo Sanz

Cosas de carismas con...

Pablo Sanz, miembro del instituto secular Cruzados de Santa María


"Me gusta pensar que quien hizo el mar se enamoró de mí"

Es laico consagrado, profesor de educación física, y evangeliza a través de la música. El origen de su vida espiritual es su casa. De padres católicos comprometidos y grandes educadores, ha podido vivir la fe desde pequeño. Más adelante, formó parte de la Milicia de Santa María, un grupo juvenil que busca la formación de los jóvenes. En esas vivencias humanas de amistad, diversión, naturaleza, descubrió quién es el Señor, cómo poder relacionarse con Él. 


Uno o dos... 

Canciones: The A team ( Ed Sheeran), Si tú no estás (Rosana)

Libros: El principito, Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Películas: Cadena perpetua, El truco final 

Santos: Santa Teresa de Lisieux

Frases de la Biblia: «Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo» (Is 43,19)

Personajes de la Biblia: San Pedro, la hemorroísa

JMJ u otro encuentro: JMJ Madrid y Polonia 

Consejos para la vida: buscar un buen acompañante (guía y dirección espiritual)

Lugares para peregrinar: Fátima


Pregunta. ¿Cómo descubriste tu vocación?

Respuesta. Mi vocación surge a partir del 1 de agosto de 2008 en una actividad con la Milicia de Santa María, cuando tenía 15 años. Hay unas convivencias en verano que son diez días, y el primer día lo dedicamos a hacer un retiro en el desierto de las Bardenas. En esa mañana tengo una experiencia en la que siento cómo Dios me llama a los Cruzados, el instituto secular que lleva el grupo de jóvenes de la Milicia de Santa María, y cuya vocación es ser laicos en medio del mundo y vivir esa consagración en las realidades temporales, en especial, la dedicación a los jóvenes. A partir de este encuentro, fueron unos años de discernimiento, de hablar con los Cruzados que me acompañaban en ese momento, y con mi director espiritual, e ir viendo que la llamada del Señor iba por ahí, durante cinco años. Ya con veinte años entré a la Cruzada, en el 2013.

P. ¿Quiénes son los Cruzados de Santa María?

R. Un instituto secular que funda el P. Tomás Morales y lo cofunda Abelardo de Armas, surge a mitad del siglo XX, y busca vivir el laicado dentro de la Iglesia de una forma radical por medio de la consagración. Por medio de los votos de pobreza, obediencia y castidad, pero sin alejarse del mundo, sino siendo parte de él. Tiene muchas características propias, como que vivimos en comunidad. Luego, según pasaron los años, debido a la relación de los Cruzados con la realidad del mundo, surge en torno a los Cruzados un movimiento, el Movimiento de Santa María. Buscamos la movilización del laicado, hacer caer en la cuenta a todo bautizado que ya está consagrado y llamado a la santidad. Y otro punto clave es el amor a la Virgen, por medio de campañas, mensajes, misiones...

P. ¿Cuál es la enseñanza que destacarías del padre Morales a los jóvenes?

R. Que en todo lo que nos transmite se ve una gran confianza en la juventud. Esa exigencia que nos invita a tener en los jóvenes nace de esa esperanza de saber que el joven si no le pides mucho va a dar nada, y si le pides mucho va a dar más. Y luego, del padre Morales, cuando va creciendo va descubriendo más. Una de las frases que más me ha llegado que repetía: "No cansarse nunca de estar empezando siempre". Cada vez que voy avanzando en mi vida de fe veo que me va afectando más, más real es.

P. ¿Qué papel juega la música en tu vida de fe?

R. La música surge en mi vida desde niño. Yo recuerdo cantar en misa, en los coros, como algo que me gustaba. Por medio de la Milicia de Santa María, aprendí a tocar la guitarra y participé en varios musicales, y ahí tuve una primera experiencia de grabar una canción en un estudio. Luego, más adelante, ya adolescente, con quince años, apareció la música como forma de expresión. Empecé a vivir algunas cosas, como el tema de la amistad, relaciones, que veía que me podía expresar mejor por medio de la música, y esa misma situación multiplicado al infinito con Dios. La música me ayuda a poner palabras a toda esa vivencia espiritual. De forma personal tiene ese componente. Y luego tiene una capacidad hacia fuera también. Mi forma de expresarme, de contar, de testimoniar mi vida, que me ayuda a mí mismo a poner palabras a lo que estoy viviendo, puede ayudar a otros que lo escuchan. Eso hace que la música, además de mi propio lenguaje, se convierta en un apostolado. Eso ya te empuja a querer ir haciéndolo mejor, a querer compartir las cosas bien para que las formas no sean una barrera. Me ayuda mucho a mi relación con Dios a concretar, la experiencia espiritual se hace más sólida.

P. ¿Podrías comentar la historia que hay detrás de alguna de tus canciones?

R. La canción que tengo que más le gusta a la gente se llama "Se enamoró de mí". Y es una canción que surge de pasar un momento de bajón, de hacer las cosas regular, y de caer en la cuenta de lo maravilloso que es Dios conmigo y que aún así me quiere, qué grande es su misericordia. En esa gran evidencia del amor de Dios, surgen esas frases "Me gusta pensar que quien hizo el mar se enamoró de mí", algo tan grande y bello, y aquí estoy yo, y aún así Él me ama, está enamorado de mí. Surge del contraste de mi nada y su todo.

P. ¿Y la de Mucho mejor?

R. La escribí para celebrar como balance de mis votos, mi renovación de votos temporales. La oración que estaba haciendo esos días, repasando los años que llevo como laico consagrado entregado al Señor, diciendo "jo, yo cuando entré con veinte años tenía una ilusiones, quería o me imaginaba ser de cierta manera, pensaba que había defectos y cosas que iba a conseguir superar..." Veía cosas de la ilusión juvenil, y al mirar decir que la verdad es que nada es como yo pensaba. Yo me miro y digo: "no soy como yo pensaba que iba a ser, pero sí hay una cosa clara, que Tú eres mucho mejor de lo que yo imaginaba, de lo que yo pensaba, lo has hecho todo mucho mejor, y todo lo que a mí me preocupa de mi miseria, mi nada, no tiene el control. Tú te vales de mi pequeñez". Y esa es la historia: "si Tú lo has hecho mucho mejor, mi nada nunca tuvo el control". 



Hno. Miguel Jiménez, EdMP

9 de septiembre de 2026

Cosas de curas (XII): Jaime Sanz Santacruz

 

Cosas de curas con… (XII)


Jaime Sanz Santacruz, delegado de la Pastoral Universitaria de Oviedo


"El Señor es el mejor pagador" 


D. Jaime Santacruz es sacerdote y doctor en Derecho, con 25 años de experiencia en centros de enseñanza y escuelas deportivas en Madrid y Barcelona. Era abogado, estudió en Oviedo la carrera, trabajaba en un despacho al principio, y luego en la empresa promotora y constructora. Y estando allí descubrió que el Señor me pedía más, y entonces se fue a Roma a estudiar, estuvo allí cinco años, ya tenía adelantados estudios de Filosofía y de Teología, allí hizo la tesis también en Derecho Canónico, y se ordenó en el año 97. Todos los jueves del curso, desde octubre, lo puedes encontrar en el plan de la pastoral universitaria (Rosario, Misa y cañas) en la Iglesia de San Tirso de Oviedo (ver cartel al final de la entrevista).

P. ¿Cómo empezó a descubrir su vocación sacerdotal?

R. El descubrimiento de la vocación sacerdotal es algo que, poco a poco, el Señor va haciendo y que te va haciendo ver una luz que se ilumina de ayudar a la gente, de descubrir otro camino distinto del que llevas. Piensas en lo que dejas y piensas en lo que ganas, y entonces dices: el Señor es el mejor pagador.

P. ¿Qué le ayudó a dar pasos en la respuesta a la llamada de Dios?

R. Las ayudas para decir que sí a Dios vinieron de sitios muy diversos, tanto de mi empresa o de amigos que yo acudí a ellos para pedirles consejo. Cuando tienes un problema o un reto por delante, acudes a gente que te puede ayudar. Y me acuerdo que uno de los jefes de mi empresa me dijo: Mira, no lo dudes, si el Señor te pide esto, dáselo. Es como si subieras a un helicóptero, y aunque aquí puedas hacer mucho bien, desde arriba llegas a muchísima más gente.


"Hay que lanzarse a la piscina, hay que fiarse de Dios"

Con los jóvenes universitarios de Oviedo en la visita del Papa a Madrid


P. ¿Qué le aconseja en ese sentido a los jóvenes en el discernimiento de la voluntad de Dios?

R. Que hay que lanzarse a la piscina, hay que fiarse de Dios, que no se puede tener todo controlado, que lo mejor es ponerse en manos de Dios. No hay nadie que pague mejor que el Señor, y cuando nosotros le damos un poco, Él siempre nos da mucho más. Que se fíen de Dios, y que si notan esa respuesta le digan siempre que sí.

P. Desde 2012 era sacerdote de la parroquia de San Manuel González en San Sebastián de los Reyes, y desde 2018 de la Sede de Posgrado de la Universidad de Navarra, también en Madrid. Y actualmente ejerce su ministerio sacerdotal en la parroquia Sagrada Familia y de la Natividad de Nuestra Señora en Oviedo, además de ser delegado de pastoral universitaria de la Archidiócesis de Oviedo: ¿podría contarnos qué le ha marcado más como sacerdote en su vida pastoral?

R. Todo ese recorrido que fui haciendo por esos sitios me ayudó a descubrir dos cosas: en primer lugar, pensaba que todas las personas son iguales, estén en La Moraleja o estén en un barrio humilde como Vallecas, donde también estuve. Todas las personas tienen la misma dignidad, y te encuentras personas maravillosas en cualquiera de esos ambientes. Y, en segundo lugar, me parece que lo que te enriquece en este, con lugares tan variados, es el trato personal con las personas, que aprendes muchísimo de ellas, y uno tiene que tener siempre esa actitud no de enseñar, sino de aprender de los demás, y el Señor se encarga de que aprendas.


"Hay una sed grandísima de Dios"


Grupo de la pastoral universitaria en Oviedo


P. Como delegado de pastoral universitaria, ¿podría decirnos la evolución que ha visto en el grupo de jóvenes que forman el la Asociación Universitaria Carlo Acutis?

R. En la delegación de pastoral universitaria se nota que hay un interés y una sed de Dios impresionante. Cuando nos lanzamos a organizar el viaje a Madrid para ver al Papa yo pensaba que iba a ir con un coche con cuatro o cinco, y al final hemos ido seis coches y treinta personas. Cuando empezamos las misas, que tenemos todos los jueves en la iglesia de San Tirso (Oviedo), empezamos una vez al mes, venía cinco o seis; ahora vienen más de cuarenta, y hemos tenido que hacerlas quincenales, y el año que viene serán todas las semanas, porque los propios jóvenes son los que traen a sus amigos y los que hacen que aquello cada vez sea más numeroso. Hay una sed grandísima de Dios, y un deseo de encontrar a Dios entre los jóvenes impresionante. Esto no es simplemente una idea, sino una realidad: en mi parroquia lo veo, casi todas las personas que se convierten y acercan a Dios son jóvenes.

P. ¿Podría compartir con alguna anécdota en la cual haya visto especialmente el paso de Dios en su vida de sacerdote?

R. Yo contaría dos. Una muy sencilla del otro día en la parroquia, una señora me vino y dijo que al oír las campanas de la iglesia había decidido volver otra vez al seno de la Iglesia. Estaba yéndose por caminos apartados, incluso en sectas. Dentro de la iglesia vio la cueva de la Santina que tenemos allí, y vio que le faltaba a su Madre, y eso le sirvió para acercarse a Dios, las campanas de la iglesia.

Y luego, otra es como una persona también se acercó a Dios porque vino a encargar una misa por su padre que había muerto hace tiempo, y le trataron con tanto cariño en la parroquia que dijo: esta es mi casa y este es mi hogar, estos son los míos. Cómo tenemos que poner siempre cariño en las personas porque eso es lo que sirve para acercar a la gente a Dios.




Hno. Miguel Jiménez, EdMP

6 de septiembre de 2026

Arrójate a los brazos de Jesús

Arrójate a los brazos de Jesús



Arrójate a los brazos de Jesús

 

Todos nosotros tenemos heridas en nuestro corazón por nuestros propios pecados. El orgullo, la autosuficiencia, la desconfianza, casi sin darnos cuenta, nos van separando de Dios. Claro que todos somos buenos, pues nos ha creado Dios, “y vio Dios que era muy bueno” (Gn 1,30). Pero el hombre está herido por el pecado original –herido, no corrompido-, y, por tanto, es débil y frágil. Somos “vasijas de barro” (2 Cor 4,7).

Sin embargo, no estamos perdidos, hay Alguien que nos ha rescatado, ha “dado la vida por sus amigos” (Jn 15,13), ha ido a nuestro encuentro y “muy contento sobre los hombros” (Lc 15,5) nos ha cargado; ha corrido hacia nosotros conmovido, y celebrado una fiesta porque “este hijo mío (…) se había perdido y ha sido hallado (Lc 15,24). Como dice el Santo Cura de Ars, “No es el pecador quien regresa a Dios para pedirle perdón; es Dios quien corre detrás del pecador y lo hace volver a Él”.

Así que no hay por qué tener miedo al Sacramento de la Confesión, porque Dios es el mayor interesado en nuestra felicidad, Él nos ha creado por Amor y nos ha llamado “a estar con Él” (Mc 3,14). No debemos tener escrúpulos ni desconfiar, pues Cristo, como Buen Samaritano, en la persona del sacerdote, “al verle tuvo compasión: Acercándose, vendó sus heridas, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lc 10,34). Esa posada es la Iglesia, a la que Dios nos acerca cuando nos dejamos perdonar por Él.

No dudemos ni busquemos excusas, puesto que Jesús siempre ofrece el perdón a quien se lo pide: “A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados” (Jn 20,23). Así lo enseñó Cristo: “Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!” (Lc 11,13). Así, “Dios se complace en los que esperan en su amor” (salmo 147), por eso propongo a modo de disposición la oración del santo abandono de San Carlos de Foucauld, y de este modo nos pongamos “como un niño en brazos de su madre” (salmo 130):

Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre.

Porque Dios “sana los corazones quebrantados, venda sus heridas” (salmo 147), podemos rezar con la confianza puesta en Dios nuestro Padre la oración de curación de recuerdos compuesta por el Siervo de Dios Emiliano Tardif, y que aparece en su libro Jesús está vivo.

Y para que pueda servir como preparación para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, propongo un examen de conciencia basado en el himno de S. Pablo a la Caridad.

¡Ánimo, reconozcamos a Dios nuestro pecado sin miedo, que actúa en la persona del sacerdote! “El Señor es clemente y compasivo, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (salmo 145). Dejemos ganar a Cristo. Dios es más grande que tu miseria. Saciemos la sed que tiene Él de nosotros y de nuestro amor. No nos quedemos encerrados en nuestro pecado, sino que corramos a lanzarnos al abismo de la Misericordia de Dios, y así podamos proclamar: “¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!” (salmo 135).

 

Hno. Miguel Jiménez, EdMP

11 de mayo de 2026

Abre tu corazón

 Abre tu corazón


“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Al meditar estas palabras, podemos contemplar al Señor llamando a las puertas de nuestro corazón, que está cerrado, y solo se puede abrir desde dentro. Dios es muy caballeroso, y nunca va a forzar a nadie, siempre respeta la libertad de cada uno. Efectivamente, es posible sentir cómo Jesucristo está a nuestro alcance y quiere invitarse a entrar en nuestra vida: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11,28).

Pero también pueden surgir miedos ante la entrada de Cristo al abrirle del todo la puerta de nuestro corazón, pues… ¿hasta dónde querrá entrar el Señor? ¿y si se pone a tocar y mover o quitar cosas con las que estoy muy cómodo? “¡Ánimo!, soy yo; no temáis” (Mt 14,27) nos responde Jesucristo. Saber que es Él quien llama a la puerta nos debería llenar de confianza, pues es Él quien nos ama de verdad, Él es el mayor interesado en nuestra felicidad:

“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” (Jn 15,9-11). Es decir, Cristo nos promete la alegría plena si nos fiamos de Él.

Además, Jesús ya se ha dado un paso abrir su corazón a nosotros: “soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); y en la cruz nos ha mostrado su corazón abierto por la lanza: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37). Será a su vez una alegría para su corazón, pues, como dice san Juan de Ávila, “Abre tu corazón a Dios y le abrirás el tesoro con que más se goza”. Es la voluntad de Cristo con Zaqueo, que se puede actualizar en sus palabras: “Hoy quiero hospedarme en tu casa” (Lc 19,5). Pero, ¿qué pasará si, atentos a la suave voz del Señor en nuestra alma, le abrimos la puerta de nuestro corazón? El mismo Cristo se lo anunció a sus discípulos, y hoy nos lo dice a cada uno de nosotros: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

Es decir, acogiendo a Cristo, habita en nosotros junto con el Padre, quien a su vez nos envía el Espíritu Santo: “Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estaréis conmigo” (Jn 15,26-27). Así, la Trinidad habitará en nosotros, santificándonos, y haciéndonos capaces de dar testimonio, con nuestra propia presencia, de que Dios está en nosotros; pudiendo así decirle como Cristo: “¡Abba Padre!” (Gal 4,6), y con total confianza de hijos responderle siempre “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sm 3,10), “pues los que esperan en ti no quedan defraudados” (Sal 25,3). Y así, podrá decir Jesucristo de nosotros: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

19 de abril de 2026

Dios es más grande

 Dios es más grande



“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15,17), dice San Pablo a los Corintios. Y es que el Señor ha realizado una historia de Amor con nosotros, pasando por Israel: “El Señor salvó a Israel de las manos de Egipto” (Ex 14,30), y así constituir con nosotros un pueblo: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Ez 36,28), y ha vencido la muerte ganando para nosotros la vida eterna: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron” (1 Cor 15,20).

Por tanto, nos alegramos al contemplar la Resurrección de Cristo, pues nos unimos al Vencedor: “Cantaré al Señor, sublime es su victoria” (Ex 15,1), puesto que, por el misterio de la Encarnación, Muerte y Resurrección del Señor, toda la humanidad se asocia a Cristo y resucita con Él: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8). Así, Cristo ha derrotado para nosotros a la muerte, al sufrimiento y al pecado: “consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm 6,11).

De hecho, esa muerte del pecado podemos verla en la de los egipcios en el Mar Rojo: “Mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación” cantaba el pueblo liberado, viendo cómo el Señor había ahogado al caballo y al caballero que los perseguía y acechaba. Miremos con esperanza nuestras propias miserias, pues, como dice san Juan de Ávila en Audi Filia:

“en la mar de su misericordia, y en la sangre de Jesucristo su Hijo, son ahogados nuestros pecados; y también el demonio que caballero en ellos venía, para que ni él ni ellos nos puedan dañar; antes acordándonos de ellos, aunque nos duelan como es razón, nos den ocasión que demos gracias y gloria al Señor Dios nuestro por habernos sido piadoso Padre en perdonarnos, y sapientísimo en sacar bienes de nuestros males, matando de verdad el pecado que nos mataba”.

Por eso podemos decir como el salmista “En nuestra humillación se acordó de nosotros: porque es eterna su misericordia” (Sal 136,23), porque ante tal poder misericordioso mostrado por el Señor, “¿quién nos separará del Amor de Cristo?” (Rm 8,35). Confiemos en esa victoria del Resucitado quien nos dice “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5) y nos promete “os daré un corazón nuevo” y “arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra” (Ez 36,26).

Al descubrir tan grande noticia en la cual nos vemos implicados, nos convertimos en testigos de Cristo vivo, haciendo nuestros los saludos de Jesús Resucitado “Paz a vosotros”, “No temáis”, “Alegraos”; mostrando con nuestro testimonio que el Señor ha vencido en nosotros pecadores, pues “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestro encuentro con Cristo no podemos callarnos, “no podemos menos que anunciar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Esto nos convierte en apóstoles, que, como dice Romano Guardini en El Señor al describir a un apóstol: “la auténtica realidad del apóstol no consiste en el hecho de que sea una gran figura, tanto en el aspecto humano como en el ámbito espiritual y religioso. Su verdadera personalidad radica en haber sido llamado, elegido y enviado por Cristo”.

Y continúa su reflexión acerca de la grandeza de Dios y nuestra pequeñez: “Pero qué difícil debe ser una existencia en la que uno no signifique nada y Cristo lo sea todo; una existencia marcada por la imperiosa necesidad de llevar un contenido grandioso en un recipiente desproporcionado”. Por eso, haciendo nuestra la Secuencia de Pascua en la que anunciamos que “muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”, pedimos también: “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP


Cristo de la Victoria, Serradilla del Valle (Cáceres)


8 de marzo de 2026

En busca de la oveja perdida

En busca de la oveja perdida 


 

En la parábola de la oveja perdida, o del buen pastor, Jesús plantea una paradoja: “¿No deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra?” (Lc 15,4); pues parece importarle más una sola perdida que una multitud que ya tiene con Él. De este modo nos muestra el valor de cada uno de nosotros para Él. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Así, Jesús, como Buen Pastor, nos ama y nos quiere dar la vida eterna. Y no solo eso, sino que “a sus ovejas las llama una por una” (Jn 10,3). Cristo lo mostró así con su trato personal, con su modo de sanar a cada uno de los que se acercaban a Él, o a los que Él mismo buscaba para salvarlos. Es el caso del encuentro que tuvo con la samaritana, “tenía que pasar por Samaría” (Jn 4,4). El profundo diálogo que tuvo con ella le cambió la vida: “La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?” (Jn 4,28-29).

Es también la experiencia que vive Zaqueo: en medio del gran gentío, Jesús se fijó en él: “Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19,5). Es por el valor que tiene para Jesucristo la conversión de un solo pecador en medio de la multitud que le sigue. Del mismo modo que, cuando una gran muchedumbre se agolpaba en torno al Señor, Jesús se detuvo ante la fe de una mujer que sufría la impureza de su enfermedad: “Jesús dijo: Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí” (Lc 8,46). Es el gran misterio que interpela a los propios discípulos: Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” (Mc 5,31).

Y es que la misericordia del Señor mira a cada uno de forma personal, no a la masa en general. Esto lo muestra también Cristo cuando está en la Cruz. Hay uno entre la muchedumbre que contempla el escándalo de la crucifixión. El gran sufrimiento de Jesús es el de estar ofreciendo la salvación y que no sea acogida, el desprecio al gran Amor por excelencia: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Por nosotros: por nuestros pecados y en nuestro lugar.

Y ese gran dolor de Cristo al no ser acogido su plan de salvación se transforma en alegría cuando el ladrón arrepentido le confiesa y pide clemencia para él, y Jesús le da la gran noticia: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Es la lógica de la misericordia, la prueba que demuestra la paradoja: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

22 de febrero de 2026

Dame de beber

Dame de beber




En esta Cuaresma nos puede ayudar a vivir nuestro encuentro con Cristo contemplar el que vivió la samaritana. (Jn. 4, 1-30)

Vemos a Jesús, que se hace el encontradizo, porque “tenía que pasar por Samaría” (Jn 4,4). Y se encuentra allí, en el pozo, solo con una mujer, el motivo por el que Jesús tenía que pasar por allí. Porque aquella tarde Jesús se quería encontrar con ella para salvarla. Tenía sed de su vida, de su fe, de redimir su alma.

Y ella también tenía sed, porque se había casado con varios hombres y ninguno había saciado su deseo de felicidad. Y Cristo se propone hacer redención, porque su Corazón Misericordioso dice “tengo sed” (Jn 19,28) en la Cruz, como la tiene ahora de salvarte a ti, de que confíes en Él y te abras a su Misericordia. Tiene sed el Señor de nuestros pecados, de nuestras miserias y debilidades, de que nos entreguemos a Él sin reservas de una vez por todas. Porque Cristo se ha empeñado en nosotros, y está dispuesto a todo con tal de conquistar nuestro corazón.

Por eso le hace descubrir a aquella samaritana que Él conoce su vida, su pasado, pero la mira diferente. Ella ha experimentado tantas veces la incomprensión y el desprecio de los demás, pero en Cristo encuentra una mirada de Misericordia.

En esta Cuaresma dejemos que Dios salga a nuestro encuentro, pongámonos a tiro para ser tocados por su mirada de Amor. Atrevámonos a dejar que Cristo nos transforme. No tengamos miedo a abrirnos a Él. Dios conoce todos los rincones de nuestra vida y de nuestra alma. Y nos quiere ofrecer un agua que no nos dará más sed. Tantas veces que buscamos saciarnos en cosas que realmente no nos llenan, y Dios quiere colmar nuestra vida de plenitud, de su Gracia, de su Vida.

Como añadido a este texto, queda esta canción del sacerdote de Getafe Carlos Dorado, interpretada por la Fraternidad Seglar en el Corazón de Cristo:



Hno. Miguel Jiménez, EdMP

8 de febrero de 2026

Tu gracia vale más que la vida

Tu gracia vale más que la vida

 


“Tu gracia vale más que la vida” (Sal 62) es un versículo de la Biblia que podría resumir la vida consagrada. Fue el lema de la beatificación de 16 mártires granadinos de la persecución española del siglo XX, y es que la amistad con Cristo vale más que la propia vida. Eso lo muestran los que dan por el Señor su vida a torrentes o también, como diría el Siervo de Dios P. Leocadio, EdMP, “gota a gota”, que es el valor de la vida consagrada.

Ciertamente, la vocación a la vida consagrada es un don inmerecido de Dios, pues es Él quien tuvo la iniciativa desde el principio: “Desde el seno materno te escogí” (Jr 1,5). Es inmerecido puesto que todos somos indignos de esta singular vocación, pero el Señor se fija en nosotros “porque es eterna su misericordia” (Sal 135). Y si implica una acción por nuestra parte –no iniciativa- es la de una respuesta. Cuando alguien se ha sentido tan amado por Dios puede sentir cómo el Señor pregunta lo que dijo a los Apóstoles en la Última Cena: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?” (Jn 13,12). Y esta respuesta se traduce en una opción radical por el Señor, que es quien nos ha hecho suyos llamándonos por nuestro nombre: “Te he llamado por tu nombre, eres mío” (Is 43,1).

Es una llamada a una comunión plena con Cristo: “Los llamó para que estuvieran con Él” (Mc 3,14), ese es el principio y fundamento, estar unidos del todo al Señor. Lo demás son complementos. Esto no se consigue con el mero esfuerzo personal, pues es una gracia de Dios, la fuerza de Cristo en nosotros: “Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,9-10). Por eso podemos pedir lo que dice la plegaria eucarística tercera: “que Él nos transforme en ofrenda permanente”. Así, poder decir cada día como la Virgen María: “Aquí está la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); fiados en que la gracia de Dios acompaña a los que confían en su Misericordia.

Por tanto, una vida entera para Dios, el dueño de nuestra historia, vivida con la alegría de quien se sabe amado y llamado por el Señor. “Te alabarán mis labios” continúa el salmo 62, pues nuestra vida se convierte en un canto continuo de alabanza cuando la consagramos a Dios.

Como inspiración para ello, para quienes estén dispuestos a ofrecer una entrega mayor al Señor, está la oración compuesta por San Ignacio de Loyola: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra infinita bondad, y delante de vuestra Madre Gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial: que yo quiero, y deseo, y es mi determinación deliberada, con tal de que sea vuestro mayor servicio y alabanza, imitaros en pasar toda clase de injurias, y todo menosprecio y toda pobreza, así actual como espiritual, si vuestra Santísima Majestad me quiere elegir y recibir en tal vida y estado” (EE 98).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

18 de enero de 2026

Hemos encontrado al Mesías

Hemos encontrado al Mesías

 



Es llamativo el relato de la vocación de los primeros discípulos en el Evangelio de San Juan, porque se muestra cómo del encuentro con Cristo brota de manera natural el testimonio. En primer lugar, Juan Bautista presenta a Cristo ante dos seguidores suyos como “el Cordero de Dios” (Jn 1,36). Aquellas palabras impactaron tanto por su profundo significado, que provocó en ellos un deseo de seguir a Jesús, pues habían encontrado al Mesías anhelado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Ese descubrimiento de Cristo tras sentirse interpelados por Él, la “perla de gran valor” (Mt 13,45-46), conlleva en Andrés el deseo de contárselo a su hermano Simón Pedro: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Esa ansia de comunicar a Cristo a los demás es imitación de las ansias redentoras que mostró Él en la oración sacerdotal: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

También es una respuesta agradecida por el don recibido de Dios: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116,12) … “porque es eterna su misericordia” (Sal 135). Así, la iniciativa es de Cristo: “Él nos amó primero” (1 Jn 4,19) y la nuestra es una natural respuesta al Amor recibido por Dios, ese Amor que queremos transmitir a los demás, como expresa San Juan de Ávila: “Sepan todos que nuestro Dios es Amor”. O como bien afirman los Apóstoles con contundencia cuando les piden que dejen de anunciar al Señor: “No podemos menos que contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20), o el Apóstol San Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16).

Así, cuando somos realmente conscientes del Amor que “nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1), y lo meditamos, y no dejamos que nadie nos robe esa alegría producida por Dios, podemos decir con San Ignacio de Antioquía: “Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó”.

Esto también es una Gracia de Dios: encontrarse con Cristo, sentirse interpelado por Él, y tener el deseo de responderle e invitar a otros a descubrirle; pues solo con la ayuda del Señor se puede vivir una vida nueva con Él, e imitar a Quien también ora al Padre diciendo: “Yo les he dado a conocer tu nombre y lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos” (Jn 17,26).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

11 de enero de 2026

El arte de aprovechar nuestras faltas

 El arte de aprovechar nuestras faltas según San Francisco de Sales, de Joseph Tissot

Del corto de Pixar Partly Cloudy 

Como con frecuencia podemos caer en el desánimo a causa de nuestras propias faltas, o incluso en una concepción errónea de nosotros mismos o de Dios, quisiera compartir una selección de textos del libro El arte de aprovechar nuestras faltas según San Francisco de Sales. Ha sido escrito por su discípulo Joseph Tissot en base a pensamientos recogidos del santo de la mansedumbre, especialmente "Tratado del Amor de Dios", "Introducción a la Vida Devota" y cartas:

"No es posible que tan pronto seáis dueña y señora de vuestra alma, como si la tuvierais totalmente en vuestra mano. Contentaos con ir ganando, poco a poco, alguna pequeña ventaja sobre vuestro defecto dominante. (…) Aunque, por nuestra debilidad, vislumbremos muchas caídas, no debemos turbarnos de ningún modo".

"Cuando tu corazón caiga, levántalo suavemente, humillándote mucho en la presencia de Dios con el conocimiento de tu miseria, sin asombrarte de tu caída, pues no es de admirar que la enfermedad sea enferma, la flaqueza sea flaca y la miseria sea miserable. Pero detesta con todo tu corazón la ofensa que has hecho a Dios, y lleno de valor y de confianza en su misericordia, vuelve a emprender el camino de la virtud que habías abandonado".

"Esperemos con paciencia que vamos a mejorar y, en vez de inquietarnos por haber hecho poca cosa en el pasado, procuremos con diligencia hacer más en el futuro. (…) No perdamos la paz al vernos siempre como principiantes en el ejercicio de las virtudes, porque en estos trabajos siempre debemos considerarnos todos principiantes; durante toda la vida estaremos sometidos a prueba, y considerarse como habiendo superado todas ellas es la señal más clara no solo de no haberlas superado, sino de incapacidad para seguir siendo probado. La obligación de servir a Dios y de progresar en su amor dura hasta la muerte".

"Tened paciencia con todo el mundo, pero principalmente con vos misma: quiero decir que no perdáis la tranquilidad por causa de vuestras imperfecciones y que siempre tengáis ánimo para levantaros. Me da alegría ver que cada día recomenzáis; no hay mejor medio para acabar bien la vida que el de volver a empezar siempre, y no pensar nunca que ya hemos hecho bastante".

“Benditas imperfecciones, que nos hacen reconocer nuestra miseria, nos ejercitan la humildad, en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y en la diligencia”.

“Verdaderamente que nada puede humillarnos tanto como la multitud de los beneficios del Señor, al contemplar su misericordia; y la multitud de nuestras maldades, al considerar su justicia. Miremos lo que Dios ha hecho con nosotros y lo que nosotros hemos hecho contra Dios: consideremos al por menos nuestros pecados, consideremos al por menor también sus gracias; y no tengamos miedo de que el conocimiento de los dones con que nos ha dotado pueda engreírnos y llenarnos de vanidad, si tenemos presente esta verdad: lo que hay de bueno en nosotros no es nuestro”.

“Llenad vuestra memoria con el recuerdo de vuestras faltas e infidelidades, para humillaros y enmendaros; y con el de los beneficios que de Dios habéis recibido, para darle gracias. (…) Decid a vuestro corazón: ¡Adelante!, no vuelvas a ser infiel, ingrato y desleal con este gran Bienhechor. ¿Cómo no ha de someterse en lo sucesivo nuestra alma a un Dios a quien tantas maravillas debe?”

“La humildad hace que no nos inquietemos con nuestras imperfecciones, recordándonos las de los demás. ¿Qué razón hay para que hayamos de ser más perfectos que los otros? Y también hace que no nos impacientemos con las faltas del prójimo, acordándonos de las nuestras. ¿Por qué nos hemos de admirar de que los demás tengan imperfecciones, si nosotros también las tenemos?”


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

29 de diciembre de 2025

Cuento de Navidad: el joven inquieto

Cuento de Navidad: el joven inquieto

 



Había una vez un joven que andaba preocupado con los problemas que tenía encima. Felipe no conseguía dormir, pues no encontraba sentido a las cosas que le pasaban: en su trabajo de becario no estaba contento, en su casa discutía con sus padres, un amigo suyo había dejado de hablarle por una tontería… Una de esas noches, revisando una caja de recuerdos de su abuela, se encontró con la Biblia que le regaló por su Primera Comunión. Por curiosidad, la abrió a ver qué se encontraba en ella. Hacía mucho tiempo que no la leía. En una de sus páginas leyó: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré” (Mt 11, 28). “Que yo os aliviaré” … se repitió a sí mismo. “Todos los que estáis cansados y agobiados” …

Se encontraba especialmente inquieto, así que decidió salir a dar un paseo. Iba pensando en aquellas palabras que había leído. Veía las luces de Navidad, y se preguntaba qué podría iluminar la oscuridad de su vida. Siguió caminando, y una fuerza interior le hizo dirigirse por una calle por la que no solía pasar. Se encontró a lo lejos con un edificio iluminado por dentro. En la pared colgaba una gran balconera que decía “No temas. Hoy ha nacido tu Salvador”. Un gran Niño Jesús sonriente ilustraba aquella lona roja.

Se sintió mirado por aquel tierno niño, y se acercó para verlo de más cerca. Era una pequeña iglesia que no conocía. Estaba abierta. No recordaba la última vez que había entrado en una, pero recordó de nuevo la frase que había leído en la Biblia: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”. Así que se animó, y dentro vio una luz que iluminaba el altar. Era una capilla pequeña, con algunas personas rezando. En el silencio de la noche sintió en su corazón la sonriente mirada de aquel Niño Jesús. Y de nuevo el letrero: “No temas. Ha nacido tu Salvador”.

De repente, se sintió acogido por aquel lugar que le transmitía una paz especial. Y, sin saber por qué, se puso de rodillas en uno de los bancos de atrás. Allí, se dirigió a Dios, y le contó todos sus problemas, uno por uno. Cuando terminó su retahíla, se quedó mirando aquello que adoraban los demás que se encontraban en la iglesia. Sintió una gran paz, hasta el punto de quedarse dormido. Soñó con la Virgen María cuando el ángel se le apareció para decirle que iba a ser la Madre de Dios y le oyó cómo Gabriel le decía a la Virgen: “No temas, María” “Nada hay imposible para Dios”.

También soñó con José cuando un ángel se le apareció para que acogiera a María y a Jesús que lo llevaba en su vientre, y cómo le dijo “No temas”. Tuvieron que viajar y huir de un lado a otro, a Belén… Allí vio cómo los ángeles les decían a los pastores “No temáis. Hoy en la ciudad de Belén os ha nacido un Salvador”. La Virgen María y San José huyeron a Egipto, pero siempre se decían uno a otro: “No temas, confía en Dios”.

Felipe se despertó con un gran alivio en el corazón, se sentía inundado por la confianza en Dios. Entendió aquellas palabras “No temas” que le decía Dios a su corazón, y las que leyó en la Biblia de su Primera Comunión: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”. Así que decidió confiar en Dios y ponerse en sus manos. Volvería a adorar al Señor como había hecho de niño. Miró a la Virgen que había en la capilla, y le pidió ayuda en ese propósito. En ese momento, entró un sacerdote a rezar. Felipe lo vio y le pidió confesión. Comenzó una nueva vida de mano de la confianza en el Señor, porque, como dijo el ángel a María, “Nada hay imposible para Dios” (Lc 1,37).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

21 de diciembre de 2025

Cuento de Navidad: el tacaño

 Cuento de Navidad: el tacaño




Ocurrió que el emperador Augusto ordenó que se censaran todos los habitantes del Imperio. Así que se movilizaron a su ciudad de origen. También José, que tomó a María y se dirigieron a Belén, porque él era de la estirpe de David. No era el único, y, cuando se acercaron a la ciudad, se encontraron con que muchos se habían adelantado a ellos. María sentía llegar el nacimiento de Jesús, y José buscaba con ansias algún lugar donde pudiera nacer el Niño. Llamaba a las puertas de las casas, pero ya habían sido ocupadas por otros que habían llegado antes.

Había a las afueras de la ciudad un hombre muy tacaño y gruñón. Tenía ya, muy a regañadientes, una familia que había llegado para el censo, pero porque les cobraba una buena suma de dinero por la estancia en su casa. Llamó José a su puerta, pero aquel tacaño se asomó para decirles que no tenía sitio y que no le molestasen. José le explicó que su mujer estaba a punto de dar a luz, pero vio como le cerraba la puerta de un golpe en sus narices.

Sin embargo, al entrar de nuevo el hombre, oyó en su interior una voz que le decía: “Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa”. Él, que tenía el corazón muy duro, se extrañó de sentir esas palabras. Subió a su habitación, queriendo olvidarlo. Pero de nuevo oyó en su interior una voz que le decía: “Date prisa, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”. No se lo pensó más, y fue a la calle a buscar a José y María, y les dijo que pasasen a su establo, que no era el mejor sitio, pero que quería que tuviesen algún lugar donde poder dar a luz, por pobre que fuese. Fueron allí, y les dio un pesebre donde poder recostar al Niño. Fue a buscarles un poco de agua que les diese algo de fuerzas, y algo de pan.

Al llegar de nuevo, vio que el Niño ya había nacido, quien, al verle, soltó un llanto, pero de alegría. En ese lloro, notó el hombre que le decía: “Ningún solo de vaso de agua quedará sin recompensa. Hoy ha sido la salvación a esta casa. Porque el hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Entonces comprendió que el primer beneficiado con la llegada de esa familia era él mismo.

Aquella noche decidió cambiar de vida, pues la mirada de ese Niño le había transformado el corazón. Y en su interior le dio las gracias por haber llegado a su vida, pues realmente él estaba perdido y había sido salvado. Entonces, una corte celestial entonó un canto de gloria, pues hay gran alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP