Hemos encontrado al Mesías
Es llamativo el relato de la
vocación de los primeros discípulos en el Evangelio de San Juan, porque se
muestra cómo del encuentro con Cristo brota de manera natural el testimonio. En
primer lugar, Juan Bautista presenta a Cristo ante dos seguidores suyos como
“el Cordero de Dios” (Jn 1,36). Aquellas palabras impactaron tanto por su
profundo significado, que provocó en ellos un deseo de seguir a Jesús, pues
habían encontrado al Mesías anhelado, el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo.
Ese descubrimiento de Cristo tras
sentirse interpelados por Él, la “perla de gran valor” (Mt 13,45-46), conlleva
en Andrés el deseo de contárselo a su hermano Simón Pedro: “Hemos encontrado al
Mesías” (Jn 1,41). Esa ansia de comunicar a Cristo a los demás es imitación de
las ansias redentoras que mostró Él en la oración sacerdotal: “Esta es la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado,
Jesucristo” (Jn 17,3).
También es una respuesta
agradecida por el don recibido de Dios: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que
me ha hecho?” (Sal 116,12) … “porque es eterna su misericordia” (Sal 135). Así,
la iniciativa es de Cristo: “Él nos amó primero” (1 Jn 4,19) y la nuestra es
una natural respuesta al Amor recibido por Dios, ese Amor que queremos
transmitir a los demás, como expresa San Juan de Ávila: “Sepan todos que
nuestro Dios es Amor”. O como bien afirman los Apóstoles con contundencia
cuando les piden que dejen de anunciar al Señor: “No podemos menos que contar
lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20), o el Apóstol San Pablo: “¡Ay de mí si no
anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16).
Así, cuando somos realmente
conscientes del Amor que “nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios,
pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1), y lo meditamos, y no dejamos que nadie nos robe
esa alegría producida por Dios, podemos decir con San Ignacio de Antioquía: “Todo
mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó”.
Esto también es una Gracia de
Dios: encontrarse con Cristo, sentirse interpelado por Él, y tener el deseo de responderle
e invitar a otros a descubrirle; pues solo con la ayuda del Señor se puede
vivir una vida nueva con Él, e imitar a Quien también ora al Padre diciendo: “Yo
les he dado a conocer tu nombre y lo seguiré dando a conocer, para que el amor
con que tú me has amado esté en ellos” (Jn 17,26).
Hno. Miguel Jiménez, EdMP
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