22 de febrero de 2026

Dame de beber

Dame de beber




En esta Cuaresma nos puede ayudar a vivir nuestro encuentro con Cristo contemplar el que vivió la samaritana. (Jn. 4, 1-30)

Vemos a Jesús, que se hace el encontradizo, porque “tenía que pasar por Samaría” (Jn 4,4). Y se encuentra allí, en el pozo, solo con una mujer, el motivo por el que Jesús tenía que pasar por allí. Porque aquella tarde Jesús se quería encontrar con ella para salvarla. Tenía sed de su vida, de su fe, de redimir su alma.

Y ella también tenía sed, porque se había casado con varios hombres y ninguno había saciado su deseo de felicidad. Y Cristo se propone hacer redención, porque su Corazón Misericordioso dice “tengo sed” (Jn 19,28) en la Cruz, como la tiene ahora de salvarte a ti, de que confíes en Él y te abras a su Misericordia. Tiene sed el Señor de nuestros pecados, de nuestras miserias y debilidades, de que nos entreguemos a Él sin reservas de una vez por todas. Porque Cristo se ha empeñado en nosotros, y está dispuesto a todo con tal de conquistar nuestro corazón.

Por eso le hace descubrir a aquella samaritana que Él conoce su vida, su pasado, pero la mira diferente. Ella ha experimentado tantas veces la incomprensión y el desprecio de los demás, pero en Cristo encuentra una mirada de Misericordia.

En esta Cuaresma dejemos que Dios salga a nuestro encuentro, pongámonos a tiro para ser tocados por su mirada de Amor. Atrevámonos a dejar que Cristo nos transforme. No tengamos miedo a abrirnos a Él. Dios conoce todos los rincones de nuestra vida y de nuestra alma. Y nos quiere ofrecer un agua que no nos dará más sed. Tantas veces que buscamos saciarnos en cosas que realmente no nos llenan, y Dios quiere colmar nuestra vida de plenitud, de su Gracia, de su Vida.

Como añadido a este texto, queda esta canción del sacerdote de Getafe Carlos Dorado, interpretada por la Fraternidad Seglar en el Corazón de Cristo:



Hno. Miguel Jiménez, EdMP

8 de febrero de 2026

Tu gracia vale más que la vida

Tu gracia vale más que la vida

 


“Tu gracia vale más que la vida” (Sal 62) es un versículo de la Biblia que podría resumir la vida consagrada. Fue el lema de la beatificación de 16 mártires granadinos de la persecución española del siglo XX, y es que la amistad con Cristo vale más que la propia vida. Eso lo muestran los que dan por el Señor su vida a torrentes o también, como diría el Siervo de Dios P. Leocadio, EdMP, “gota a gota”, que es el valor de la vida consagrada.

Ciertamente, la vocación a la vida consagrada es un don inmerecido de Dios, pues es Él quien tuvo la iniciativa desde el principio: “Desde el seno materno te escogí” (Jr 1,5). Es inmerecido puesto que todos somos indignos de esta singular vocación, pero el Señor se fija en nosotros “porque es eterna su misericordia” (Sal 135). Y si implica una acción por nuestra parte –no iniciativa- es la de una respuesta. Cuando alguien se ha sentido tan amado por Dios puede sentir cómo el Señor pregunta lo que dijo a los Apóstoles en la Última Cena: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?” (Jn 13,12). Y esta respuesta se traduce en una opción radical por el Señor, que es quien nos ha hecho suyos llamándonos por nuestro nombre: “Te he llamado por tu nombre, eres mío” (Is 43,1).

Es una llamada a una comunión plena con Cristo: “Los llamó para que estuvieran con Él” (Mc 3,14), ese es el principio y fundamento, estar unidos del todo al Señor. Lo demás son complementos. Esto no se consigue con el mero esfuerzo personal, pues es una gracia de Dios, la fuerza de Cristo en nosotros: “Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,9-10). Por eso podemos pedir lo que dice la plegaria eucarística tercera: “que Él nos transforme en ofrenda permanente”. Así, poder decir cada día como la Virgen María: “Aquí está la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); fiados en que la gracia de Dios acompaña a los que confían en su Misericordia.

Por tanto, una vida entera para Dios, el dueño de nuestra historia, vivida con la alegría de quien se sabe amado y llamado por el Señor. “Te alabarán mis labios” continúa el salmo 62, pues nuestra vida se convierte en un canto continuo de alabanza cuando la consagramos a Dios.

Como inspiración para ello, para quienes estén dispuestos a ofrecer una entrega mayor al Señor, está la oración compuesta por San Ignacio de Loyola: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra infinita bondad, y delante de vuestra Madre Gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial: que yo quiero, y deseo, y es mi determinación deliberada, con tal de que sea vuestro mayor servicio y alabanza, imitaros en pasar toda clase de injurias, y todo menosprecio y toda pobreza, así actual como espiritual, si vuestra Santísima Majestad me quiere elegir y recibir en tal vida y estado” (EE 98).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP