Dios quiere contar contigo
Me llama la atención en el
milagro de la multiplicación de los panes y los peces el hecho de que Jesús
insiste en que sean los discípulos quienes den de comer a la multitud: “Dadles
vosotros de comer” (Lc 9,13). Es un muchacho quien tiene “cinco panes de cebada
y dos peces” (Jn 6,9). Siendo Jesús Dios, Él mismo podría haber hecho aparecer
de la nada alimentos para todos; sin embargo, pregunta “¿dónde nos procuraremos
panes para que coman estos?” (Jn 6,5). Cristo quería contar con la colaboración
innecesaria de sus discípulos.
Ya desde la Encarnación Dios quiso
contar con alguien, con la Virgen María “porque no hay nada imposible para Dios”
(Lc 1,37). Para formarse una familia el Señor contó con un hombre, José: “no
temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del
Espíritu Santo” (Mt 1,20). Una virgen sencilla y un humilde carpintero para
formar la Sagrada Familia.
En las bodas de Caná, para
producir el milagro de conseguir vino cuando se había terminado, Jesús pide a
los sirvientes: “Llenad las tinajas de agua” (Jn 2,7). También podría haber
hecho aparecer el vino directamente en las tinajas, sin necesidad de poner a
los sirvientes a llenarlas de agua, pero quería contar con su pobre ayuda; participación
humana de la que habla la oración que el sacerdote hace en voz baja cuando, en
la preparación de las ofrendas, echa en el cáliz unas gotas de agua: “El agua
unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha
querido compartir nuestra condición humana”. ¡Qué gran misterio de la Providencia:
Jesucristo, todo un Dios, quiere contar con la participación del hombre!
De hecho, es la fe de los que
sufren la que provoca que Jesús obre el milagro de sanación: “Tu fe te ha
salvado” (Lc 18,42), como en el caso del ciego de Jericó. Incluso en la Pasión,
en el camino del Calvario, “echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía
del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús” (Lc
23,26).
Ciertamente, es un gran misterio
contemplar cómo el Señor, aun siendo Todopoderoso, en tantas ocasiones haya
querido mostrar su fuerza por medio de débiles seres humanos: “Te basta mi
gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. (2Cor 12,9). Y si lo hizo Jesús
en aquel tiempo, también lo sigue haciendo ahora. Así ha ido desarrollando la
Historia de la Salvación, incluso antes de la Encarnación: “muchas veces y de
muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los
Profetas” (Hb 1,1).
¿Y si Dios quisiese contar
también contigo? ¿Estarías dispuesto a seguir sus planes? Lo lógico, como dice
San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales (EE 91-98), es estar
dispuesto a decir que sí. Pero la respuesta al don de Dios no se improvisa, por
eso recomiendo, mientras tanto, rezar con la oración de Santo Abandono de San
Carlos de Foucauld, para ir abriendo y ensanchando el corazón para acoger Su
plan en el que cuenta contigo:
“Padre mío, me abandono a Ti. Haz
de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a
todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus
criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy,
Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí
amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque
Tu eres mi Padre”.
Hno. Miguel Jiménez, EdMP

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