11 de mayo de 2026

Abre tu corazón

 Abre tu corazón


“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Al meditar estas palabras, podemos contemplar al Señor llamando a las puertas de nuestro corazón, que está cerrado, y solo se puede abrir desde dentro. Dios es muy caballeroso, y nunca va a forzar a nadie, siempre respeta la libertad de cada uno. Efectivamente, es posible sentir cómo Jesucristo está a nuestro alcance y quiere invitarse a entrar en nuestra vida: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11,28).

Pero también pueden surgir miedos ante la entrada de Cristo al abrirle del todo la puerta de nuestro corazón, pues… ¿hasta dónde querrá entrar el Señor? ¿y si se pone a tocar y mover o quitar cosas con las que estoy muy cómodo? “¡Ánimo!, soy yo; no temáis” (Mt 14,27) nos responde Jesucristo. Saber que es Él quien llama a la puerta nos debería llenar de confianza, pues es Él quien nos ama de verdad, Él es el mayor interesado en nuestra felicidad:

“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” (Jn 15,9-11). Es decir, Cristo nos promete la alegría plena si nos fiamos de Él.

Además, Jesús ya se ha dado un paso abrir su corazón a nosotros: “soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); y en la cruz nos ha mostrado su corazón abierto por la lanza: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37). Será a su vez una alegría para su corazón, pues, como dice san Juan de Ávila, “Abre tu corazón a Dios y le abrirás el tesoro con que más se goza”. Es la voluntad de Cristo con Zaqueo, que se puede actualizar en sus palabras: “Hoy quiero hospedarme en tu casa” (Lc 19,5). Pero, ¿qué pasará si, atentos a la suave voz del Señor en nuestra alma, le abrimos la puerta de nuestro corazón? El mismo Cristo se lo anunció a sus discípulos, y hoy nos lo dice a cada uno de nosotros: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

Es decir, acogiendo a Cristo, habita en nosotros junto con el Padre, quien a su vez nos envía el Espíritu Santo: “Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estaréis conmigo” (Jn 15,26-27). Así, la Trinidad habitará en nosotros, santificándonos, y haciéndonos capaces de dar testimonio, con nuestra propia presencia, de que Dios está en nosotros; pudiendo así decirle como Cristo: “¡Abba Padre!” (Gal 4,6), y con total confianza de hijos responderle siempre “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sm 3,10), “pues los que esperan en ti no quedan defraudados” (Sal 25,3). Y así, podrá decir Jesucristo de nosotros: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP