Dios es más grande
“Si Cristo no ha resucitado, vana
es nuestra fe” (1 Cor 15,17), dice San Pablo a los Corintios. Y es que el Señor
ha realizado una historia de Amor con nosotros, pasando por Israel: “El Señor
salvó a Israel de las manos de Egipto” (Ex 14,30), y así constituir con
nosotros un pueblo: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Ez
36,28), y ha vencido la muerte ganando para nosotros la vida eterna: “Cristo
resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron” (1 Cor 15,20).
Por tanto, nos alegramos al
contemplar la Resurrección de Cristo, pues nos unimos al Vencedor: “Cantaré al
Señor, sublime es su victoria” (Ex 15,1), puesto que, por el misterio de la
Encarnación, Muerte y Resurrección del Señor, toda la humanidad se asocia a
Cristo y resucita con Él: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos
con Él” (Rm 6,8). Así, Cristo ha derrotado para nosotros a la muerte, al
sufrimiento y al pecado: “consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en
Cristo Jesús” (Rm 6,11).
De hecho, esa muerte del pecado
podemos verla en la de los egipcios en el Mar Rojo: “Mi fuerza y mi poder es el
Señor, Él fue mi salvación” cantaba el pueblo liberado, viendo cómo el Señor
había ahogado al caballo y al caballero que los perseguía y acechaba. Miremos
con esperanza nuestras propias miserias, pues, como dice san Juan de Ávila en Audi Filia:
“en la mar de su misericordia, y
en la sangre de Jesucristo su Hijo, son ahogados nuestros pecados; y también el
demonio que caballero en ellos venía, para que ni él ni ellos nos puedan dañar;
antes acordándonos de ellos, aunque nos duelan como es razón, nos den ocasión
que demos gracias y gloria al Señor Dios nuestro por habernos sido piadoso
Padre en perdonarnos, y sapientísimo en sacar bienes de nuestros males, matando
de verdad el pecado que nos mataba”.
Por eso podemos decir como el salmista
“En nuestra humillación se acordó de nosotros: porque es eterna su misericordia”
(Sal 136,23), porque ante tal poder misericordioso mostrado por el Señor, “¿quién
nos separará del Amor de Cristo?” (Rm 8,35). Confiemos en esa victoria del
Resucitado quien nos dice “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5) y nos
promete “os daré un corazón nuevo” y “arrancaré de vuestra carne el corazón de
piedra” (Ez 36,26).
Al descubrir tan grande noticia
en la cual nos vemos implicados, nos convertimos en testigos de Cristo vivo,
haciendo nuestros los saludos de Jesús Resucitado “Paz a vosotros”, “No temáis”,
“Alegraos”; mostrando con nuestro testimonio que el Señor ha vencido en
nosotros pecadores, pues “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm
5,20). Nuestro encuentro con Cristo no podemos callarnos, “no podemos menos que
anunciar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Esto nos convierte en
apóstoles, que, como dice Romano Guardini en El Señor al describir a un apóstol: “la auténtica realidad del
apóstol no consiste en el hecho de que sea una gran figura, tanto en el aspecto
humano como en el ámbito espiritual y religioso. Su verdadera personalidad
radica en haber sido llamado, elegido y enviado por Cristo”.
Y continúa su reflexión acerca de la grandeza de Dios y nuestra pequeñez: “Pero qué difícil debe ser una existencia en la que uno no signifique nada y Cristo lo sea todo; una existencia marcada por la imperiosa necesidad de llevar un contenido grandioso en un recipiente desproporcionado”. Por eso, haciendo nuestra la Secuencia de Pascua en la que anunciamos que “muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”, pedimos también: “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.
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| Cristo de la Victoria, Serradilla del Valle (Cáceres) |

