19 de abril de 2026

Dios es más grande

 Dios es más grande



“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15,17), dice San Pablo a los Corintios. Y es que el Señor ha realizado una historia de Amor con nosotros, pasando por Israel: “El Señor salvó a Israel de las manos de Egipto” (Ex 14,30), y así constituir con nosotros un pueblo: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Ez 36,28), y ha vencido la muerte ganando para nosotros la vida eterna: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron” (1 Cor 15,20).

Por tanto, nos alegramos al contemplar la Resurrección de Cristo, pues nos unimos al Vencedor: “Cantaré al Señor, sublime es su victoria” (Ex 15,1), puesto que, por el misterio de la Encarnación, Muerte y Resurrección del Señor, toda la humanidad se asocia a Cristo y resucita con Él: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8). Así, Cristo ha derrotado para nosotros a la muerte, al sufrimiento y al pecado: “consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm 6,11).

De hecho, esa muerte del pecado podemos verla en la de los egipcios en el Mar Rojo: “Mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación” cantaba el pueblo liberado, viendo cómo el Señor había ahogado al caballo y al caballero que los perseguía y acechaba. Miremos con esperanza nuestras propias miserias, pues, como dice san Juan de Ávila en Audi Filia:

“en la mar de su misericordia, y en la sangre de Jesucristo su Hijo, son ahogados nuestros pecados; y también el demonio que caballero en ellos venía, para que ni él ni ellos nos puedan dañar; antes acordándonos de ellos, aunque nos duelan como es razón, nos den ocasión que demos gracias y gloria al Señor Dios nuestro por habernos sido piadoso Padre en perdonarnos, y sapientísimo en sacar bienes de nuestros males, matando de verdad el pecado que nos mataba”.

Por eso podemos decir como el salmista “En nuestra humillación se acordó de nosotros: porque es eterna su misericordia” (Sal 136,23), porque ante tal poder misericordioso mostrado por el Señor, “¿quién nos separará del Amor de Cristo?” (Rm 8,35). Confiemos en esa victoria del Resucitado quien nos dice “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5) y nos promete “os daré un corazón nuevo” y “arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra” (Ez 36,26).

Al descubrir tan grande noticia en la cual nos vemos implicados, nos convertimos en testigos de Cristo vivo, haciendo nuestros los saludos de Jesús Resucitado “Paz a vosotros”, “No temáis”, “Alegraos”; mostrando con nuestro testimonio que el Señor ha vencido en nosotros pecadores, pues “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestro encuentro con Cristo no podemos callarnos, “no podemos menos que anunciar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Esto nos convierte en apóstoles, que, como dice Romano Guardini en El Señor al describir a un apóstol: “la auténtica realidad del apóstol no consiste en el hecho de que sea una gran figura, tanto en el aspecto humano como en el ámbito espiritual y religioso. Su verdadera personalidad radica en haber sido llamado, elegido y enviado por Cristo”.

Y continúa su reflexión acerca de la grandeza de Dios y nuestra pequeñez: “Pero qué difícil debe ser una existencia en la que uno no signifique nada y Cristo lo sea todo; una existencia marcada por la imperiosa necesidad de llevar un contenido grandioso en un recipiente desproporcionado”. Por eso, haciendo nuestra la Secuencia de Pascua en la que anunciamos que “muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”, pedimos también: “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP


Cristo de la Victoria, Serradilla del Valle (Cáceres)