¿Cómo se produce la vocación? Podemos encontrar el ejemplo perfecto en la vocación de los primeros discípulos. Lo primero que nos encontramos en el pasaje del evangelio de san Lucas es que la iniciativa es de Cristo, quien decide, por pura misericordia, entrar en nuestra vida: “Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente” (Lc 5,3). Cabe preguntarse entonces si estamos dispuestos a dejar que Jesús se suba a la barca de nuestra propia vida. Porque no es indiferente hacerlo o no, supone asumir que Dios nos puede trastocar nuestros planes y nuestros esquemas.
Y es que Jesús le pidió a Pedro: “Rema mar adentro” (Lc 5,4). Una propuesta que pide valentía por ir a lo desconocido, o a lo conocido que nos atemoriza, pero con Cristo. Esto supone un abandono total en la Providencia de Dios, un acto de confianza en Dios, un salto de fe, dejar las comodidades, puesto que Cristo te dice como a Pedro: “echad vuestras redes para pescar” (Lc 5,4). ¿Cómo dice esto tras ver la propia incapacidad, los límites de las fuerzas, las miserias? Y es que “hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada” (Lc 5,5).
Pero no tenemos que tener el control de nuestros resultados, el fruto viene de Dios, Él es quien obra el milagro. Él es quien hace que, tras una noche sin pescar, tras un tiempo sin ver nada, cuando Él entra en la barca de tu vida y te lleva más allá de tus miedos e inseguridades, es cuando te encuentras con que Dios lo ha hecho todo. Confía en Cristo y en su promesa de plenitud: “yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10).
Es cuando nos encontramos con el gran contraste entre la grandeza de Dios y nuestra pequeñez: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador” (Lc 5,8). Pero la Misericordia de Dios es más grande que cualquier miseria, y no nos escoge por nuestros éxitos, nuestros méritos o nuestras grandes cualidades, sino por puro Amor suyo: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (Ef 1,3-6).
Esa grandeza de Dios y la confianza en su Omnipotencia y Misericordia nos tiene que quitar todo temor. Pues Él mismo le respondió a Pedro: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5,10). Hace falta fiarse de Dios y de su Palabra. Él podrá hacer grandes maravillas en tu vida si confías en Él, “si tú le dejas”, como dice Santa Maravillas de Jesús.
En la actuación siguiente de Simón Pedro tenemos el gran ejemplo para dar respuesta a la invitación de Cristo: “y, dejándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11). Mas, ¿qué estoy dispuesto a dejar? ¿Todo? ¿También aquello a lo que estoy tan apegado? No hay por qué temer a lo que nos vaya a pedir el Señor, pues Él nunca se deja ganar en generosidad. Como dijo Benedicto XVI: “¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.
Hno. Miguel Jiménez, EdMP

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