6 de septiembre de 2026

Arrójate a los brazos de Jesús

Arrójate a los brazos de Jesús



Arrójate a los brazos de Jesús

 

Todos nosotros tenemos heridas en nuestro corazón por nuestros propios pecados. El orgullo, la autosuficiencia, la desconfianza, casi sin darnos cuenta, nos van separando de Dios. Claro que todos somos buenos, pues nos ha creado Dios, “y vio Dios que era muy bueno” (Gn 1,30). Pero el hombre está herido por el pecado original –herido, no corrompido-, y, por tanto, es débil y frágil. Somos “vasijas de barro” (2 Cor 4,7).

Sin embargo, no estamos perdidos, hay Alguien que nos ha rescatado, ha “dado la vida por sus amigos” (Jn 15,13), ha ido a nuestro encuentro y “muy contento sobre los hombros” (Lc 15,5) nos ha cargado; ha corrido hacia nosotros conmovido, y celebrado una fiesta porque “este hijo mío (…) se había perdido y ha sido hallado (Lc 15,24). Como dice el Santo Cura de Ars, “No es el pecador quien regresa a Dios para pedirle perdón; es Dios quien corre detrás del pecador y lo hace volver a Él”.

Así que no hay por qué tener miedo al Sacramento de la Confesión, porque Dios es el mayor interesado en nuestra felicidad, Él nos ha creado por Amor y nos ha llamado “a estar con Él” (Mc 3,14). No debemos tener escrúpulos ni desconfiar, pues Cristo, como Buen Samaritano, en la persona del sacerdote, “al verle tuvo compasión: Acercándose, vendó sus heridas, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lc 10,34). Esa posada es la Iglesia, a la que Dios nos acerca cuando nos dejamos perdonar por Él.

No dudemos ni busquemos excusas, puesto que Jesús siempre ofrece el perdón a quien se lo pide: “A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados” (Jn 20,23). Así lo enseñó Cristo: “Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!” (Lc 11,13). Así, “Dios se complace en los que esperan en su amor” (salmo 147), por eso propongo a modo de disposición la oración del santo abandono de San Carlos de Foucauld, y de este modo nos pongamos “como un niño en brazos de su madre” (salmo 130):

Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre.

Porque Dios “sana los corazones quebrantados, venda sus heridas” (salmo 147), podemos rezar con la confianza puesta en Dios nuestro Padre la oración de curación de recuerdos compuesta por el Siervo de Dios Emiliano Tardif, y que aparece en su libro Jesús está vivo.

Y para que pueda servir como preparación para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, propongo un examen de conciencia basado en el himno de S. Pablo a la Caridad.

¡Ánimo, reconozcamos a Dios nuestro pecado sin miedo, que actúa en la persona del sacerdote! “El Señor es clemente y compasivo, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (salmo 145). Dejemos ganar a Cristo. Dios es más grande que tu miseria. Saciemos la sed que tiene Él de nosotros y de nuestro amor. No nos quedemos encerrados en nuestro pecado, sino que corramos a lanzarnos al abismo de la Misericordia de Dios, y así podamos proclamar: “¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!” (salmo 135).

 

Hno. Miguel Jiménez, EdMP

11 de mayo de 2026

Abre tu corazón

 Abre tu corazón


“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Al meditar estas palabras, podemos contemplar al Señor llamando a las puertas de nuestro corazón, que está cerrado, y solo se puede abrir desde dentro. Dios es muy caballeroso, y nunca va a forzar a nadie, siempre respeta la libertad de cada uno. Efectivamente, es posible sentir cómo Jesucristo está a nuestro alcance y quiere invitarse a entrar en nuestra vida: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11,28).

Pero también pueden surgir miedos ante la entrada de Cristo al abrirle del todo la puerta de nuestro corazón, pues… ¿hasta dónde querrá entrar el Señor? ¿y si se pone a tocar y mover o quitar cosas con las que estoy muy cómodo? “¡Ánimo!, soy yo; no temáis” (Mt 14,27) nos responde Jesucristo. Saber que es Él quien llama a la puerta nos debería llenar de confianza, pues es Él quien nos ama de verdad, Él es el mayor interesado en nuestra felicidad:

“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” (Jn 15,9-11). Es decir, Cristo nos promete la alegría plena si nos fiamos de Él.

Además, Jesús ya se ha dado un paso abrir su corazón a nosotros: “soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); y en la cruz nos ha mostrado su corazón abierto por la lanza: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37). Será a su vez una alegría para su corazón, pues, como dice san Juan de Ávila, “Abre tu corazón a Dios y le abrirás el tesoro con que más se goza”. Es la voluntad de Cristo con Zaqueo, que se puede actualizar en sus palabras: “Hoy quiero hospedarme en tu casa” (Lc 19,5). Pero, ¿qué pasará si, atentos a la suave voz del Señor en nuestra alma, le abrimos la puerta de nuestro corazón? El mismo Cristo se lo anunció a sus discípulos, y hoy nos lo dice a cada uno de nosotros: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

Es decir, acogiendo a Cristo, habita en nosotros junto con el Padre, quien a su vez nos envía el Espíritu Santo: “Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estaréis conmigo” (Jn 15,26-27). Así, la Trinidad habitará en nosotros, santificándonos, y haciéndonos capaces de dar testimonio, con nuestra propia presencia, de que Dios está en nosotros; pudiendo así decirle como Cristo: “¡Abba Padre!” (Gal 4,6), y con total confianza de hijos responderle siempre “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sm 3,10), “pues los que esperan en ti no quedan defraudados” (Sal 25,3). Y así, podrá decir Jesucristo de nosotros: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

19 de abril de 2026

Dios es más grande

 Dios es más grande



“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15,17), dice San Pablo a los Corintios. Y es que el Señor ha realizado una historia de Amor con nosotros, pasando por Israel: “El Señor salvó a Israel de las manos de Egipto” (Ex 14,30), y así constituir con nosotros un pueblo: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Ez 36,28), y ha vencido la muerte ganando para nosotros la vida eterna: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron” (1 Cor 15,20).

Por tanto, nos alegramos al contemplar la Resurrección de Cristo, pues nos unimos al Vencedor: “Cantaré al Señor, sublime es su victoria” (Ex 15,1), puesto que, por el misterio de la Encarnación, Muerte y Resurrección del Señor, toda la humanidad se asocia a Cristo y resucita con Él: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8). Así, Cristo ha derrotado para nosotros a la muerte, al sufrimiento y al pecado: “consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm 6,11).

De hecho, esa muerte del pecado podemos verla en la de los egipcios en el Mar Rojo: “Mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación” cantaba el pueblo liberado, viendo cómo el Señor había ahogado al caballo y al caballero que los perseguía y acechaba. Miremos con esperanza nuestras propias miserias, pues, como dice san Juan de Ávila en Audi Filia:

“en la mar de su misericordia, y en la sangre de Jesucristo su Hijo, son ahogados nuestros pecados; y también el demonio que caballero en ellos venía, para que ni él ni ellos nos puedan dañar; antes acordándonos de ellos, aunque nos duelan como es razón, nos den ocasión que demos gracias y gloria al Señor Dios nuestro por habernos sido piadoso Padre en perdonarnos, y sapientísimo en sacar bienes de nuestros males, matando de verdad el pecado que nos mataba”.

Por eso podemos decir como el salmista “En nuestra humillación se acordó de nosotros: porque es eterna su misericordia” (Sal 136,23), porque ante tal poder misericordioso mostrado por el Señor, “¿quién nos separará del Amor de Cristo?” (Rm 8,35). Confiemos en esa victoria del Resucitado quien nos dice “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5) y nos promete “os daré un corazón nuevo” y “arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra” (Ez 36,26).

Al descubrir tan grande noticia en la cual nos vemos implicados, nos convertimos en testigos de Cristo vivo, haciendo nuestros los saludos de Jesús Resucitado “Paz a vosotros”, “No temáis”, “Alegraos”; mostrando con nuestro testimonio que el Señor ha vencido en nosotros pecadores, pues “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Nuestro encuentro con Cristo no podemos callarnos, “no podemos menos que anunciar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Esto nos convierte en apóstoles, que, como dice Romano Guardini en El Señor al describir a un apóstol: “la auténtica realidad del apóstol no consiste en el hecho de que sea una gran figura, tanto en el aspecto humano como en el ámbito espiritual y religioso. Su verdadera personalidad radica en haber sido llamado, elegido y enviado por Cristo”.

Y continúa su reflexión acerca de la grandeza de Dios y nuestra pequeñez: “Pero qué difícil debe ser una existencia en la que uno no signifique nada y Cristo lo sea todo; una existencia marcada por la imperiosa necesidad de llevar un contenido grandioso en un recipiente desproporcionado”. Por eso, haciendo nuestra la Secuencia de Pascua en la que anunciamos que “muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”, pedimos también: “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP


Cristo de la Victoria, Serradilla del Valle (Cáceres)


8 de marzo de 2026

En busca de la oveja perdida

En busca de la oveja perdida 


 

En la parábola de la oveja perdida, o del buen pastor, Jesús plantea una paradoja: “¿No deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra?” (Lc 15,4); pues parece importarle más una sola perdida que una multitud que ya tiene con Él. De este modo nos muestra el valor de cada uno de nosotros para Él. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Así, Jesús, como Buen Pastor, nos ama y nos quiere dar la vida eterna. Y no solo eso, sino que “a sus ovejas las llama una por una” (Jn 10,3). Cristo lo mostró así con su trato personal, con su modo de sanar a cada uno de los que se acercaban a Él, o a los que Él mismo buscaba para salvarlos. Es el caso del encuentro que tuvo con la samaritana, “tenía que pasar por Samaría” (Jn 4,4). El profundo diálogo que tuvo con ella le cambió la vida: “La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?” (Jn 4,28-29).

Es también la experiencia que vive Zaqueo: en medio del gran gentío, Jesús se fijó en él: “Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19,5). Es por el valor que tiene para Jesucristo la conversión de un solo pecador en medio de la multitud que le sigue. Del mismo modo que, cuando una gran muchedumbre se agolpaba en torno al Señor, Jesús se detuvo ante la fe de una mujer que sufría la impureza de su enfermedad: “Jesús dijo: Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí” (Lc 8,46). Es el gran misterio que interpela a los propios discípulos: Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” (Mc 5,31).

Y es que la misericordia del Señor mira a cada uno de forma personal, no a la masa en general. Esto lo muestra también Cristo cuando está en la Cruz. Hay uno entre la muchedumbre que contempla el escándalo de la crucifixión. El gran sufrimiento de Jesús es el de estar ofreciendo la salvación y que no sea acogida, el desprecio al gran Amor por excelencia: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Por nosotros: por nuestros pecados y en nuestro lugar.

Y ese gran dolor de Cristo al no ser acogido su plan de salvación se transforma en alegría cuando el ladrón arrepentido le confiesa y pide clemencia para él, y Jesús le da la gran noticia: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Es la lógica de la misericordia, la prueba que demuestra la paradoja: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

22 de febrero de 2026

Dame de beber

Dame de beber




En esta Cuaresma nos puede ayudar a vivir nuestro encuentro con Cristo contemplar el que vivió la samaritana. (Jn. 4, 1-30)

Vemos a Jesús, que se hace el encontradizo, porque “tenía que pasar por Samaría” (Jn 4,4). Y se encuentra allí, en el pozo, solo con una mujer, el motivo por el que Jesús tenía que pasar por allí. Porque aquella tarde Jesús se quería encontrar con ella para salvarla. Tenía sed de su vida, de su fe, de redimir su alma.

Y ella también tenía sed, porque se había casado con varios hombres y ninguno había saciado su deseo de felicidad. Y Cristo se propone hacer redención, porque su Corazón Misericordioso dice “tengo sed” (Jn 19,28) en la Cruz, como la tiene ahora de salvarte a ti, de que confíes en Él y te abras a su Misericordia. Tiene sed el Señor de nuestros pecados, de nuestras miserias y debilidades, de que nos entreguemos a Él sin reservas de una vez por todas. Porque Cristo se ha empeñado en nosotros, y está dispuesto a todo con tal de conquistar nuestro corazón.

Por eso le hace descubrir a aquella samaritana que Él conoce su vida, su pasado, pero la mira diferente. Ella ha experimentado tantas veces la incomprensión y el desprecio de los demás, pero en Cristo encuentra una mirada de Misericordia.

En esta Cuaresma dejemos que Dios salga a nuestro encuentro, pongámonos a tiro para ser tocados por su mirada de Amor. Atrevámonos a dejar que Cristo nos transforme. No tengamos miedo a abrirnos a Él. Dios conoce todos los rincones de nuestra vida y de nuestra alma. Y nos quiere ofrecer un agua que no nos dará más sed. Tantas veces que buscamos saciarnos en cosas que realmente no nos llenan, y Dios quiere colmar nuestra vida de plenitud, de su Gracia, de su Vida.

Como añadido a este texto, queda esta canción del sacerdote de Getafe Carlos Dorado, interpretada por la Fraternidad Seglar en el Corazón de Cristo:



Hno. Miguel Jiménez, EdMP

8 de febrero de 2026

Tu gracia vale más que la vida

Tu gracia vale más que la vida

 


“Tu gracia vale más que la vida” (Sal 62) es un versículo de la Biblia que podría resumir la vida consagrada. Fue el lema de la beatificación de 16 mártires granadinos de la persecución española del siglo XX, y es que la amistad con Cristo vale más que la propia vida. Eso lo muestran los que dan por el Señor su vida a torrentes o también, como diría el Siervo de Dios P. Leocadio, EdMP, “gota a gota”, que es el valor de la vida consagrada.

Ciertamente, la vocación a la vida consagrada es un don inmerecido de Dios, pues es Él quien tuvo la iniciativa desde el principio: “Desde el seno materno te escogí” (Jr 1,5). Es inmerecido puesto que todos somos indignos de esta singular vocación, pero el Señor se fija en nosotros “porque es eterna su misericordia” (Sal 135). Y si implica una acción por nuestra parte –no iniciativa- es la de una respuesta. Cuando alguien se ha sentido tan amado por Dios puede sentir cómo el Señor pregunta lo que dijo a los Apóstoles en la Última Cena: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?” (Jn 13,12). Y esta respuesta se traduce en una opción radical por el Señor, que es quien nos ha hecho suyos llamándonos por nuestro nombre: “Te he llamado por tu nombre, eres mío” (Is 43,1).

Es una llamada a una comunión plena con Cristo: “Los llamó para que estuvieran con Él” (Mc 3,14), ese es el principio y fundamento, estar unidos del todo al Señor. Lo demás son complementos. Esto no se consigue con el mero esfuerzo personal, pues es una gracia de Dios, la fuerza de Cristo en nosotros: “Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,9-10). Por eso podemos pedir lo que dice la plegaria eucarística tercera: “que Él nos transforme en ofrenda permanente”. Así, poder decir cada día como la Virgen María: “Aquí está la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); fiados en que la gracia de Dios acompaña a los que confían en su Misericordia.

Por tanto, una vida entera para Dios, el dueño de nuestra historia, vivida con la alegría de quien se sabe amado y llamado por el Señor. “Te alabarán mis labios” continúa el salmo 62, pues nuestra vida se convierte en un canto continuo de alabanza cuando la consagramos a Dios.

Como inspiración para ello, para quienes estén dispuestos a ofrecer una entrega mayor al Señor, está la oración compuesta por San Ignacio de Loyola: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra infinita bondad, y delante de vuestra Madre Gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial: que yo quiero, y deseo, y es mi determinación deliberada, con tal de que sea vuestro mayor servicio y alabanza, imitaros en pasar toda clase de injurias, y todo menosprecio y toda pobreza, así actual como espiritual, si vuestra Santísima Majestad me quiere elegir y recibir en tal vida y estado” (EE 98).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

18 de enero de 2026

Hemos encontrado al Mesías

Hemos encontrado al Mesías

 



Es llamativo el relato de la vocación de los primeros discípulos en el Evangelio de San Juan, porque se muestra cómo del encuentro con Cristo brota de manera natural el testimonio. En primer lugar, Juan Bautista presenta a Cristo ante dos seguidores suyos como “el Cordero de Dios” (Jn 1,36). Aquellas palabras impactaron tanto por su profundo significado, que provocó en ellos un deseo de seguir a Jesús, pues habían encontrado al Mesías anhelado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Ese descubrimiento de Cristo tras sentirse interpelados por Él, la “perla de gran valor” (Mt 13,45-46), conlleva en Andrés el deseo de contárselo a su hermano Simón Pedro: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Esa ansia de comunicar a Cristo a los demás es imitación de las ansias redentoras que mostró Él en la oración sacerdotal: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

También es una respuesta agradecida por el don recibido de Dios: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116,12) … “porque es eterna su misericordia” (Sal 135). Así, la iniciativa es de Cristo: “Él nos amó primero” (1 Jn 4,19) y la nuestra es una natural respuesta al Amor recibido por Dios, ese Amor que queremos transmitir a los demás, como expresa San Juan de Ávila: “Sepan todos que nuestro Dios es Amor”. O como bien afirman los Apóstoles con contundencia cuando les piden que dejen de anunciar al Señor: “No podemos menos que contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20), o el Apóstol San Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16).

Así, cuando somos realmente conscientes del Amor que “nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1), y lo meditamos, y no dejamos que nadie nos robe esa alegría producida por Dios, podemos decir con San Ignacio de Antioquía: “Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó”.

Esto también es una Gracia de Dios: encontrarse con Cristo, sentirse interpelado por Él, y tener el deseo de responderle e invitar a otros a descubrirle; pues solo con la ayuda del Señor se puede vivir una vida nueva con Él, e imitar a Quien también ora al Padre diciendo: “Yo les he dado a conocer tu nombre y lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos” (Jn 17,26).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

11 de enero de 2026

El arte de aprovechar nuestras faltas

 El arte de aprovechar nuestras faltas según San Francisco de Sales, de Joseph Tissot

Del corto de Pixar Partly Cloudy 

Como con frecuencia podemos caer en el desánimo a causa de nuestras propias faltas, o incluso en una concepción errónea de nosotros mismos o de Dios, quisiera compartir una selección de textos del libro El arte de aprovechar nuestras faltas según San Francisco de Sales. Ha sido escrito por su discípulo Joseph Tissot en base a pensamientos recogidos del santo de la mansedumbre, especialmente "Tratado del Amor de Dios", "Introducción a la Vida Devota" y cartas:

"No es posible que tan pronto seáis dueña y señora de vuestra alma, como si la tuvierais totalmente en vuestra mano. Contentaos con ir ganando, poco a poco, alguna pequeña ventaja sobre vuestro defecto dominante. (…) Aunque, por nuestra debilidad, vislumbremos muchas caídas, no debemos turbarnos de ningún modo".

"Cuando tu corazón caiga, levántalo suavemente, humillándote mucho en la presencia de Dios con el conocimiento de tu miseria, sin asombrarte de tu caída, pues no es de admirar que la enfermedad sea enferma, la flaqueza sea flaca y la miseria sea miserable. Pero detesta con todo tu corazón la ofensa que has hecho a Dios, y lleno de valor y de confianza en su misericordia, vuelve a emprender el camino de la virtud que habías abandonado".

"Esperemos con paciencia que vamos a mejorar y, en vez de inquietarnos por haber hecho poca cosa en el pasado, procuremos con diligencia hacer más en el futuro. (…) No perdamos la paz al vernos siempre como principiantes en el ejercicio de las virtudes, porque en estos trabajos siempre debemos considerarnos todos principiantes; durante toda la vida estaremos sometidos a prueba, y considerarse como habiendo superado todas ellas es la señal más clara no solo de no haberlas superado, sino de incapacidad para seguir siendo probado. La obligación de servir a Dios y de progresar en su amor dura hasta la muerte".

"Tened paciencia con todo el mundo, pero principalmente con vos misma: quiero decir que no perdáis la tranquilidad por causa de vuestras imperfecciones y que siempre tengáis ánimo para levantaros. Me da alegría ver que cada día recomenzáis; no hay mejor medio para acabar bien la vida que el de volver a empezar siempre, y no pensar nunca que ya hemos hecho bastante".

“Benditas imperfecciones, que nos hacen reconocer nuestra miseria, nos ejercitan la humildad, en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y en la diligencia”.

“Verdaderamente que nada puede humillarnos tanto como la multitud de los beneficios del Señor, al contemplar su misericordia; y la multitud de nuestras maldades, al considerar su justicia. Miremos lo que Dios ha hecho con nosotros y lo que nosotros hemos hecho contra Dios: consideremos al por menos nuestros pecados, consideremos al por menor también sus gracias; y no tengamos miedo de que el conocimiento de los dones con que nos ha dotado pueda engreírnos y llenarnos de vanidad, si tenemos presente esta verdad: lo que hay de bueno en nosotros no es nuestro”.

“Llenad vuestra memoria con el recuerdo de vuestras faltas e infidelidades, para humillaros y enmendaros; y con el de los beneficios que de Dios habéis recibido, para darle gracias. (…) Decid a vuestro corazón: ¡Adelante!, no vuelvas a ser infiel, ingrato y desleal con este gran Bienhechor. ¿Cómo no ha de someterse en lo sucesivo nuestra alma a un Dios a quien tantas maravillas debe?”

“La humildad hace que no nos inquietemos con nuestras imperfecciones, recordándonos las de los demás. ¿Qué razón hay para que hayamos de ser más perfectos que los otros? Y también hace que no nos impacientemos con las faltas del prójimo, acordándonos de las nuestras. ¿Por qué nos hemos de admirar de que los demás tengan imperfecciones, si nosotros también las tenemos?”


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

29 de diciembre de 2025

Cuento de Navidad: el joven inquieto

Cuento de Navidad: el joven inquieto

 



Había una vez un joven que andaba preocupado con los problemas que tenía encima. Felipe no conseguía dormir, pues no encontraba sentido a las cosas que le pasaban: en su trabajo de becario no estaba contento, en su casa discutía con sus padres, un amigo suyo había dejado de hablarle por una tontería… Una de esas noches, revisando una caja de recuerdos de su abuela, se encontró con la Biblia que le regaló por su Primera Comunión. Por curiosidad, la abrió a ver qué se encontraba en ella. Hacía mucho tiempo que no la leía. En una de sus páginas leyó: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré” (Mt 11, 28). “Que yo os aliviaré” … se repitió a sí mismo. “Todos los que estáis cansados y agobiados” …

Se encontraba especialmente inquieto, así que decidió salir a dar un paseo. Iba pensando en aquellas palabras que había leído. Veía las luces de Navidad, y se preguntaba qué podría iluminar la oscuridad de su vida. Siguió caminando, y una fuerza interior le hizo dirigirse por una calle por la que no solía pasar. Se encontró a lo lejos con un edificio iluminado por dentro. En la pared colgaba una gran balconera que decía “No temas. Hoy ha nacido tu Salvador”. Un gran Niño Jesús sonriente ilustraba aquella lona roja.

Se sintió mirado por aquel tierno niño, y se acercó para verlo de más cerca. Era una pequeña iglesia que no conocía. Estaba abierta. No recordaba la última vez que había entrado en una, pero recordó de nuevo la frase que había leído en la Biblia: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”. Así que se animó, y dentro vio una luz que iluminaba el altar. Era una capilla pequeña, con algunas personas rezando. En el silencio de la noche sintió en su corazón la sonriente mirada de aquel Niño Jesús. Y de nuevo el letrero: “No temas. Ha nacido tu Salvador”.

De repente, se sintió acogido por aquel lugar que le transmitía una paz especial. Y, sin saber por qué, se puso de rodillas en uno de los bancos de atrás. Allí, se dirigió a Dios, y le contó todos sus problemas, uno por uno. Cuando terminó su retahíla, se quedó mirando aquello que adoraban los demás que se encontraban en la iglesia. Sintió una gran paz, hasta el punto de quedarse dormido. Soñó con la Virgen María cuando el ángel se le apareció para decirle que iba a ser la Madre de Dios y le oyó cómo Gabriel le decía a la Virgen: “No temas, María” “Nada hay imposible para Dios”.

También soñó con José cuando un ángel se le apareció para que acogiera a María y a Jesús que lo llevaba en su vientre, y cómo le dijo “No temas”. Tuvieron que viajar y huir de un lado a otro, a Belén… Allí vio cómo los ángeles les decían a los pastores “No temáis. Hoy en la ciudad de Belén os ha nacido un Salvador”. La Virgen María y San José huyeron a Egipto, pero siempre se decían uno a otro: “No temas, confía en Dios”.

Felipe se despertó con un gran alivio en el corazón, se sentía inundado por la confianza en Dios. Entendió aquellas palabras “No temas” que le decía Dios a su corazón, y las que leyó en la Biblia de su Primera Comunión: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”. Así que decidió confiar en Dios y ponerse en sus manos. Volvería a adorar al Señor como había hecho de niño. Miró a la Virgen que había en la capilla, y le pidió ayuda en ese propósito. En ese momento, entró un sacerdote a rezar. Felipe lo vio y le pidió confesión. Comenzó una nueva vida de mano de la confianza en el Señor, porque, como dijo el ángel a María, “Nada hay imposible para Dios” (Lc 1,37).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

21 de diciembre de 2025

Cuento de Navidad: el tacaño

 Cuento de Navidad: el tacaño




Ocurrió que el emperador Augusto ordenó que se censaran todos los habitantes del Imperio. Así que se movilizaron a su ciudad de origen. También José, que tomó a María y se dirigieron a Belén, porque él era de la estirpe de David. No era el único, y, cuando se acercaron a la ciudad, se encontraron con que muchos se habían adelantado a ellos. María sentía llegar el nacimiento de Jesús, y José buscaba con ansias algún lugar donde pudiera nacer el Niño. Llamaba a las puertas de las casas, pero ya habían sido ocupadas por otros que habían llegado antes.

Había a las afueras de la ciudad un hombre muy tacaño y gruñón. Tenía ya, muy a regañadientes, una familia que había llegado para el censo, pero porque les cobraba una buena suma de dinero por la estancia en su casa. Llamó José a su puerta, pero aquel tacaño se asomó para decirles que no tenía sitio y que no le molestasen. José le explicó que su mujer estaba a punto de dar a luz, pero vio como le cerraba la puerta de un golpe en sus narices.

Sin embargo, al entrar de nuevo el hombre, oyó en su interior una voz que le decía: “Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa”. Él, que tenía el corazón muy duro, se extrañó de sentir esas palabras. Subió a su habitación, queriendo olvidarlo. Pero de nuevo oyó en su interior una voz que le decía: “Date prisa, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”. No se lo pensó más, y fue a la calle a buscar a José y María, y les dijo que pasasen a su establo, que no era el mejor sitio, pero que quería que tuviesen algún lugar donde poder dar a luz, por pobre que fuese. Fueron allí, y les dio un pesebre donde poder recostar al Niño. Fue a buscarles un poco de agua que les diese algo de fuerzas, y algo de pan.

Al llegar de nuevo, vio que el Niño ya había nacido, quien, al verle, soltó un llanto, pero de alegría. En ese lloro, notó el hombre que le decía: “Ningún solo de vaso de agua quedará sin recompensa. Hoy ha sido la salvación a esta casa. Porque el hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Entonces comprendió que el primer beneficiado con la llegada de esa familia era él mismo.

Aquella noche decidió cambiar de vida, pues la mirada de ese Niño le había transformado el corazón. Y en su interior le dio las gracias por haber llegado a su vida, pues realmente él estaba perdido y había sido salvado. Entonces, una corte celestial entonó un canto de gloria, pues hay gran alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP



14 de diciembre de 2025

Dios quiere contar contigo

 Dios quiere contar contigo



Me llama la atención en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces el hecho de que Jesús insiste en que sean los discípulos quienes den de comer a la multitud: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). Es un muchacho quien tiene “cinco panes de cebada y dos peces” (Jn 6,9). Siendo Jesús Dios, Él mismo podría haber hecho aparecer de la nada alimentos para todos; sin embargo, pregunta “¿dónde nos procuraremos panes para que coman estos?” (Jn 6,5). Cristo quería contar con la colaboración innecesaria de sus discípulos.

Ya desde la Encarnación Dios quiso contar con alguien, con la Virgen María “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1,37). Para formarse una familia el Señor contó con un hombre, José: “no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Una virgen sencilla y un humilde carpintero para formar la Sagrada Familia.

En las bodas de Caná, para producir el milagro de conseguir vino cuando se había terminado, Jesús pide a los sirvientes: “Llenad las tinajas de agua” (Jn 2,7). También podría haber hecho aparecer el vino directamente en las tinajas, sin necesidad de poner a los sirvientes a llenarlas de agua, pero quería contar con su pobre ayuda; participación humana de la que habla la oración que el sacerdote hace en voz baja cuando, en la preparación de las ofrendas, echa en el cáliz unas gotas de agua: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. ¡Qué gran misterio de la Providencia: Jesucristo, todo un Dios, quiere contar con la participación del hombre!

De hecho, es la fe de los que sufren la que provoca que Jesús obre el milagro de sanación: “Tu fe te ha salvado” (Lc 18,42), como en el caso del ciego de Jericó. Incluso en la Pasión, en el camino del Calvario, “echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús” (Lc 23,26).

Ciertamente, es un gran misterio contemplar cómo el Señor, aun siendo Todopoderoso, en tantas ocasiones haya querido mostrar su fuerza por medio de débiles seres humanos: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. (2Cor 12,9). Y si lo hizo Jesús en aquel tiempo, también lo sigue haciendo ahora. Así ha ido desarrollando la Historia de la Salvación, incluso antes de la Encarnación: “muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas” (Hb 1,1).

¿Y si Dios quisiese contar también contigo? ¿Estarías dispuesto a seguir sus planes? Lo lógico, como dice San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales (EE 91-98), es estar dispuesto a decir que sí. Pero la respuesta al don de Dios no se improvisa, por eso recomiendo, mientras tanto, rezar con la oración de Santo Abandono de San Carlos de Foucauld, para ir abriendo y ensanchando el corazón para acoger Su plan en el que cuenta contigo:

“Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre”.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

30 de noviembre de 2025

Acoge el don

 Acoge el don

 



En la parábola de los talentos (Mt 25,14-30) me llama especialmente la atención el caso del siervo que tuvo miedo y escondió su talento. Quizá no valoró de verdad aquel talento que Dios le había dado. O como el caso del joven rico, a quien el Señor le pidió que vendiese lo que tuviese y se lo diese a los pobres; dice el Evangelio que “al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes” (Mt 19,22). ¡Qué paradoja! ¡Tenía muchos bienes y se fue triste! ¿Sería porque no vio esos bienes como un don de Dios?

En la parábola hay un matiz: les repartió los talentos “a cada cual según su capacidad” (Mt 25,15). ¿Tal vez según su capacidad de acoger esos dones? ¿Por eso al que le dio solo uno tuvo a su vez tan poca capacidad de acogida que lo enterró?

Ciertamente, el Señor a cada uno de nosotros nos quiere ofrecer sus dones, pero está en nosotros el acogerlos o no. Puede ser que falte confianza en Dios, porque, como le dijo Jesús a la Samaritana, “Si conocieras el don de Dios…” (Jn 4,10). Si supiéramos quién nos está ofreciendo su gracia abriríamos de par en par nuestro corazón, todo nuestro ser dispuesto a acoger el don de Dios: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”.

Los dones del Espíritu Santo, cualidades humanas, virtudes, la vocación particular, el Espíritu en persona nos puede dar Dios. Ante esta oferta tan grande, cabe la huida, la negación, la tentación de la mediocridad o el conformismo. Pero, si somos desde el Bautismo templo del Espíritu Santo, hijos de Dios en Cristo, ¿por qué rechazar la generosidad, misericordia y grandeza de Dios?: “Todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31) dijo el padre bueno de la parábola del hijo pródigo, y eso nos dice también Dios a nosotros. ¿Y cómo no acoger lo que Dios nos quiere dar?

No seríamos el único beneficiado. Podemos hacer como Pedro con el tullido: “No tengo oro ni plata; pero lo que tengo te lo doy” (Hch 3,6). Así, podremos transmitir a Dios y su gracia y misericordia en la medida que lo acojamos en nosotros, y haremos lo que nos pide el apóstol: “que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios” (1 Pe 4,10). ¿Qué mejor inversión? Ofrecer al Señor los mismos dones que Él nos ha dado, como los Magos (Mt 2,11).

Como dice un canto basado en una meditación de Henri de Lubac, “lo que doy a la Iglesia no es más que una ínfima restitución sacada por entero del tesoro que ella me ha entregado: Cristo”. Así es, Cristo lo ha dado todo por comprar nuestra Salvación y ofrecernos un camino de gracia y misericordia. Solo queda que estemos dispuestos a abrirnos del todo a su voluntad sin miedos ni complejos, y que le imitemos, encontrando ese gran tesoro que es el Señor, venderlo todo para acoger de verdad y con todas las consecuencias el don de Dios (Mt 13,44), diciendo con Cristo: “en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

23 de noviembre de 2025

Dios no pide currículum

 

Dios no pide currículum




Si alguien me dijese que no se siente digno de recibir de Dios una vocación particular, que no se siente preparado para responder al Señor con un sí generoso, que eso se le queda muy grande… le respondería que no se preocupe, que Dios no mira el currículum.

Ya en tiempos del profeta Jeremías, le pasó a él cuando el Señor le quiso pedir una misión, él le respondió: “¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño”, a lo que el Señor le contestó: “No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte” (Jr 1,6-8). Por eso no debemos mirar nuestra pequeñez, sino la presencia de Dios con nosotros que nos ha de quitar todo temor.

Veamos, pues, que Dios no se mueve por criterios mundanos y estratégicos para elegirnos, sino que se mueve por el Amor y la Misericordia. Es el caso de la vocación de Mateo, recaudador de impuestos, que Jesús justificó diciendo que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Así, cuando Cristo escogió definitivamente a Pedro y le confirmó en su elección, fue tras haberle mirado con Misericordia mientras Pedro le negaba: “El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro” (Lc 22,61). Es esa mirada de Misericordia la que, después de resucitar, provocará ese diálogo en el que, tras preguntarle tres veces por su amor, le confirma la vocación: “apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). La elección de los Doce fue por ese criterio misterioso de pura Misericordia: “llamó a los que quiso” (Mc 3,13), que se puede entender tanto como “a los que Él quiso escoger” como “a los que amó”.

También se puede ver en los santos cómo Dios escoge sin fijarse en nuestras miserias. Es el caso ejemplar de San Camilo de Lelis, que fue jugador, ludópata y borracho, y llegó a ser sacerdote y fundó la Orden de los Camilos, dedicándose a cuidar enfermos y marginados. Santa Bernardette de Soubirous, a quien se le apareció la Virgen en Lourdes, dice en su testamento espiritual, que recomiendo leer completo: “Por la ortografía que nunca he sabido, por la memoria que nunca he tenido, por mi ignorancia y mi estupidez, gracias. Gracias, porque si hubiera habido en la tierra una niña más estúpida que yo, la habrías escogido a ella”.

Por lo tanto, si miramos con verdad nuestra vida a la luz de Dios, agradecidos y conmovidos, nos podemos sentir interpelados a responderle con un “más”. Esa respuesta no será más que una acogida en nosotros del Amor de Dios y su misteriosa confianza en nosotros. Más que entendido, ante todo debe ser aceptado tan entrañable designio de Amor. Y si aún quieres una explicación a esa mirada de elección de Dios por ti, te diré que “porque es eterna su Misericordia” (Salmo 135).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

16 de noviembre de 2025

Bienaventurados los perseguidos

Bienaventurados los perseguidos





Jesús dijo en el sermón de la montaña (Mt. 5. Lc. 6, 20) cómo era el estilo de los nuevos ciudadanos del Reino de los Cielos. Puede llamar la atención de una forma especial aquella bienaventuranza sobre los perseguidos, pues con frecuencia los cristianos nos extrañamos todavía de sufrir por causa de nuestra fe. Sin embargo, cuando Pedro le preguntó a Jesús qué les iba a tocar por seguirle, Él les prometió el ciento por uno “con persecuciones” (Mc. 10, 30). Así que es algo que anunció Jesús a sus amigos. También cuando les envió a predicar, les previno que les enviaba “como ovejas en medio de lobos” (Mt. 10, 16).

Sin embargo, junto con eso les tranquilizó diciendo: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo (…) Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados (…) Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos” (Mt. 10, 28-32).

Sigamos, pues, con ánimo y esperanza a Jesús, con todo lo que conlleva. Jesús, siendo Dios, tuvo la tortura y muerte más humillante y cruel. Y como nos enseñaba un antiguo catecismo, “y porque fue más afrentosa y penosa, fue más meritoria y gloriosa…”. Gracia y méritos que nos ganó para nosotros por su Pasión, Muerte y Resurrección. Y nosotros, que le queremos seguir, ¿pretendemos tener lujos y comodidades en nuestra fe?

Esta es la paradoja: que Dios nos promete felicidad en medio de la persecución. Y no es una utopía, es una realidad que han vivido tantos mártires que han derramado su sangre por Cristo, perdonando a sus enemigos, y contentos de dar la vida por el Señor, en medio de cánticos, salmos y jaculatorias al Señor. Ya lo dijo el siervo de Dios padre Leocadio, “más que cantar a la cruz, prefiero llevarla cantando”.

Y también añade: “No bastará que pidamos al Señor persecuciones y tribulaciones. Es preciso que las pidamos con fe, y sabiendo lo que pedimos. Cosas son estas sumamente necesarias para librarnos de la maldita relajación. La persecución, los sufrimientos, las incomprensiones, todo aquello que nos haga sufrir y padecer por la justicia. Pero siempre, claro está, que no sea por culpa nuestra sino por la justicia y porque el mundo nos odie”.

Como ejemplo, los mártires. Tenemos el caso de San Pablo Miki y sus compañeros, que podemos leer en sus actas martiriales que se leen en el Oficio de Lectura:

"Clavados en la cruz, era admirable ver la constancia de todos, a la que les exhortaban el padre Pasio y el padre Rodríguez. El Padre Comisario estaba casi rígido, los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín daba gracias a la bondad divina entonando algunos salmos y añadiendo el verso: A tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz clara. El hermano Gonzalo recitaba también en alta voz la oración dominical y la salutación angélica.

Pablo Miki, nuestro hermano, al verse en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, declaró en primer lugar a los circunstantes que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable. Después añadió estas palabras:

«Al llegar este momento no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo».

Y, volviendo la mirada a los compañeros, comenzó a animarles para el trance supremo. Los rostros de todos tenían un aspecto alegre, pero el de Luís era singular. Un cristiano le gritó que estaría en seguida en el paraíso. Luís hizo un gesto con sus dedos y con todo su cuerpo, atrayendo las miradas de todos.

Antonio, que estaba al lado de Luís, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús y María, entonó el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos. Otros repetían: «¡Jesús! ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban a los circunstantes a llevar una vida digna de cristianos. Con éstas y semejantes acciones mostraban su prontitud para morir".


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

9 de noviembre de 2025

Cristo sonriente de Javier

 Cristo sonriente de Javier




En Navarra, cerca del río Aragón, en un valle cercano a los Pirineos, se encuentra el castillo de Javier, donde nació y se crió San Francisco Javier, gran misionero del Nuevo Mundo. En la capilla de ese castillo se venera un gran Cristo que tiene una característica especial: tiene una suave sonrisa. Y este Cristo sonriente, hecho de nogal en el siglo XII, ha cautivado y transformado muchos corazones.

Pero, ¿por qué sonríe Jesucristo cuando está clavado en la Cruz? “Veréis a mi siervo prosperar, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera. Del mismo modo que muchos quedaron asombrados al verlo -pues tan desfigurado estaba que no parecía un hombre, ni su apariencia era humana- así se admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues verán lo que nunca les contaron y descubrirán lo que nunca oyeron.” (Is. 52, 13-15)

Jesús, que sufre, padece por cargar con todos los pecados del mundo entero, presentes, pasados y futuros, soporta los insultos, flagelaciones, humillaciones, golpes, traiciones, clavos, negaciones, y, estando clavado en la Cruz, sonríe. Cristo en la cruz sabe que su Pasión y Muerte tienen un destino, que a pesar de todo el dolor y sufrimiento ocasionados por los hombres y sus egoísmos, tiene la misión de salvar al hombre del pecado.

Jesús sonrió al pensar en ti y en mí, al saber que con su sacrificio iba a dar Vida Eterna a la humanidad caída por el pecado, y la iba a levantar desde lo alto de la Cruz. “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto confirma a tus hermanos.” (Jn. 22, 32) Sonrió también cuando miró a su Madre y al Discípulo Amado y quiso regalar a los hombres a la Virgen como Madre; y al saber que la muerte no iba a tener la última palabra, pues la victoria es del Señor y de quien le sigue; por eso “El que habita en el cielo se ríe” (salmo 2). Y así, como dice el Padre Leocadio, el fundador de los Esclavos de María y de los Pobres, “Más que cantar a la cruz, quiero llevarla cantando”.  También pudo estar sonriendo Jesús cuando le dijo al ladrón arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Por último, Cristo sonrió en la Cruz al decir al Padre: “Todo está cumplido”. Pues estaba feliz de cumplir Su voluntad hasta el final. Que este amor loco de Jesucristo por nosotros nos cautive a nosotros también, y nos encienda el corazón estando así dispuestos a hacer la voluntad de Dios, y “servir al Señor con alegría” (salmo 100).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP


2 de noviembre de 2025

Déjate amar por Dios

 

Déjate amar por Dios

 



“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Con frecuencia, decimos que Dios nos ama, que Dios ama a todos. Es una idea a la que estamos acostumbrados, pero, ¿de verdad lo pensamos y así lo sentimos, o es algo que damos por supuesto y no nos hemos parado a caer en la cuenta de lo que significa?

Ciertamente, el Señor nos amó hasta el extremo, pero no así en general simplemente, sino a cada uno personalmente. Dios ha creado el mundo por amor a cada uno de nosotros, “porque es eterna su Misericordia” (Sal 135). Toda la Historia de la Salvación fue realizada por el Señor pensando en cada uno de nosotros, teniendo como culmen la entrega de Cristo en la Cruz: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 13, 15). Y Jesús así se refiere a nosotros: “a vosotros os llamo amigos” (Jn 15, 15).

Además, Dios nos miró desde la Creación con buenos ojos: “y vio Dios que era muy bueno” (Gn 1, 31). Incluso dijo Jesús: “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados” (Mt 10, 30). Claramente, el Señor ha cuidado todo detalle con nosotros, también dándonos cualidades, dones, talentos con los que podemos dar gloria a Dios.

Pero esta iniciativa que Dios ha tenido de amarnos: “no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido” (Jn 15, 16) requiere de nosotros que nos dejemos amar por Él. Es el Señor mismo quien está deseando derramar todo su Amor sobre nosotros, pero necesita que le abramos nuestro corazón: “mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20).

Simplemente se trata de dejar que Dios irrumpa en nuestra vida, que entre hasta en aquellas partes del alma que nos cuesta abrirle; permitir al Señor transformar nuestra vida, que Él nos cure, nos perdone: “y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36, 26). Tengamos, pues, un alma dispuesta a recibir de Dios todo lo que nos quiera dar. No tengamos miedo a acoger el Amor de Dios para que se pueda derramar del todo con todas sus consecuencias.

Como dijo la joven Beata Chiara Luce Badano: “No tengas miedo de abrir tu corazón, aún si está cansado o lleno de dudas… Dios no te pide una vida perfecta, sino un corazón disponible. Un corazón que se anime a amar, aunque duela”. Amar y dejarse amar por Dios. O como dijo San Juan de Ávila: “ábrele tu corazón y le abrirás el tesoro con que más se goza”. Y Dios hará su obra en ti.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

26 de octubre de 2025

Ser católico los lunes

 

Ser católico los lunes

 



Tras una bonita experiencia de Dios: una Hora Santa, una Misa, una peregrinación, un retiro, etc., llega el tiempo ordinario. Es el momento de ser “la sal de la tierra” (Mt 5, 13). Pero como continúa Jesús en el evangelio, “si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se salará?”

Es decir, en muchos momentos de la vida cristiana Dios nos hace salaos. Para que demos sabor de Dios en nuestros ambientes, no para que nos disolvamos con el mundo. Ese encuentro que hemos tenido con Dios, ¿se caduca en seguida como el yogur fuera de la nevera? Tenemos que conservarlo bien, y hacer que no se vaya apagando la llama que el Espíritu Santo prendió en nosotros hasta el próximo fogonazo espiritual.

Así, después de la Misa del domingo, llega el lunes, día de la semana triste para el mundo. Pero Cristo nos dijo que nos alegraremos “con una alegría que nadie os podrá quitar” (Jn 16, 22). ¿Y cuál es el secreto, la fórmula mágica para que no se vaya esa alegría? Lo dice Jesús en el mismo discurso a sus discípulos: “pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (Jn 16, 24).

He aquí la clave: la oración. Para poder mantener encendida la chispa que Dios encendió en nuestro corazón, necesitamos mantener con constancia nuestra relación con Cristo. Él mismo lo dijo: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Así lo afirma San Pablo: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Ts 5, 16-18). ¿Y cómo no dar gracias a Dios con alegría cuando Cristo mismo nos ha alimentado con su propio Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad, siendo alimento de vida eterna?

También tras un encuentro con Cristo Eucaristía en una Hora Santa en la que hemos sentido el consuelo de Dios, o, aunque no hubiéramos “sentido” nada, Cristo ha actuado en nosotros aún sin notarlo, “el grano brota y crece sin que el hombre sepa cómo” (Mc 4, 27).

Así, pues, de este sencillo modo, aprovechando cada día un rato de oración, evitaremos ir simplemente de Domingo en Domingo, o de Hora Santa en Hora Santa. Como anima a hacer San Francisco de Sales: “háblale y óigale. Gócese con Él y haga lo que Él le indique. Y dele cuanto le pida. Apriétele para que le perdone y le santifique”.

Y como dice San Pablo en otra ocasión: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura sea conocida por todos los hombres (…) Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia custodiará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús” (Flp 4, 4-5.7). Tengamos ese ánimo y confianza puestos en el Señor, quien nos hizo la promesa: “sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

19 de octubre de 2025

Ahora es tiempo de salvación

 

Ahora es tiempo de salvación




Hoy tienes la gran oportunidad de encontrarte con Cristo, no lo dejes para más tarde. Todavía estás a tiempo de ver cómo el Señor sana tus heridas y te salva de tus pecados. Dios tiene el poder para hacer con tus ofensas lo que hizo con los egipcios en el mar Rojo: “Canto al Señor, esplendorosa es su gloria, caballo y jinete arrojó en el mar” (Ex. 15, 1). ¿Por qué seguir retrasando, dejando para más tarde, el gran regalo que Cristo nos ha conseguido con su Redención por su Pasión, Muerte y Resurrección?

Muchas veces, cuando pensamos en el Sacramento de la Confesión caemos en el error de verlo como algo lejano, o bien porque no nos vemos necesitados de ese don, o bien pensamos que no nos hace falta, pues nos consideramos tan buenos que no tenemos pecados que confesar. Conviene ante esta situación hacer un sincero examen de conciencia, más allá de “no he matado ni he robado”. Puede servir de ayuda leer Mt. 5-7 en el que Jesús da un discurso de cómo tiene que ser nuestra vida, o también la carta de San Pablo sobre el Amor (1 Cor. 13) en la que podemos examinar nuestra Caridad comparándola con la que es Dios.

Y si, después de reflexionar estas cosas, te das cuenta de que no eres tan perfecto en tu amor a Dios y a los demás como creías, no tengas miedo, confía en el poder de la Misericordia del Señor. Piensa en la alegría que siente Dios cuando un pecador se convierte: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido” (Lc. 15, 6).

Tal vez te sientas demasiado pecador para poder recibir el perdón de Dios y pienses cosas como: “si no sé ni por dónde empezar”, “no terminaré nunca”, “el cura se va a asustar”, “me va a regañar como le cuente tal cosa que he hecho”, etc. Ante eso, Jesús dice: “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt. 9, 13) cuando le recriminan que comía con pecadores. Por tanto, no temas al rechazo, pues cada día que te confiesas es día de celebración: “convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado” (Lc. 15, 32). No es algo que tengas que imaginar, es real.

Jesús insiste en que “hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte” (Lc. 15, 10). Por tanto, puedes pensar perfectamente en tu santo favorito, o en algún ser querido fallecido, celebrando la victoria de Cristo sobre tu pecado. Y es que es Dios quien te perdona los pecados, aunque se sirva de un sacerdote para ello. De hecho, en el momento de la Confesión es Dios mismo quien está escuchando tus pecados y quien te está dando el gran regalo del perdón de tus ofensas para que estés en paz con Dios y con los demás.

Así que lucha contra la tentación de “mejor en otro momento”. Ya lo dice el refrán, “más vale pájaro en mano que ciento volando”. No le hagas esperar al Señor, que está deseoso de darte un abrazo de perdón y misericordia: “su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc. 15, 20). Y ya no le des más vueltas, pues, como dice el papa Francisco, “cuando Dios perdona, olvida. ¡Es grande el perdón de Dios!”.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

12 de octubre de 2025

¡Comprométete!

 

¡Comprométete!




La fe es un don de Dios, una gracia que nos da por pura misericordia suya. Pero también es una respuesta a ese regalo. Así, haber recibido el don de la fe no nos puede dejar indiferentes. El Amor de Dios ha tocado nuestras vidas, hemos experimentado un encuentro con Cristo, ¿y ahora qué?

Dar pasos en el camino de la vida cristiana es algo lógico: siempre se puede seguir creciendo, y como dijo Ben Parker, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. O como dijo el apóstol Santiago, “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga “Tengo fe”, si no tiene obras?” (St. 2, 14). Vemos claramente que el don recibido de la fe exige un compromiso. Para empezar, el de procurar alimentar esa fe con la oración: comprometerse con Dios en vivir una amistad con Él cada vez mayor, en medio de las dificultades y miserias, contando con su gracia. Tal vez incluso pueda ayudar apuntarse a un turno de adoración perpetua, o, si no es posible, al menos tener un momento fijo con Dios todos los días.

También edifica mucho comprometerse con un grupo de fe, de oración, de formación, una comunidad de referencia en la que avanzar con la ayuda de otros (parroquia, movimiento, amigos, compañeros de la universidad, etc.). Cuando estemos llenos de Dios, seguramente Él nos pida que ese tesoro que hemos descubierto lo compartamos con los demás, y empecemos a comprometernos en algún grupo de apostolado, de evangelización, ayudando en catequesis, etc. “Poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido” (1 Pe. 4, 10).

Esto va implicándonos toda nuestra vida, las 24 horas del día. Por supuesto que no se trata de ser cristiano sólo cuando estoy en la iglesia, se trata de atarse a Dios viviendo una vida cristiana al cien por cien. Tampoco consiste en hacer muchas cosas por Dios, pues corremos el riesgo del activismo, sino en dejarse hacer por el Señor, y preguntarse ante Él: ¿qué puedo hacer por Cristo?

Esta pregunta conlleva estar dispuestos a dar un salto de fe ante lo que Dios nos pida. Seamos sinceros con nosotros mismos, y agradecidos al Señor con generosidad, y pensemos en aquello que dijo Jesús: “al que mucho se le dio, mucho se le reclamará” (Lc. 12, 48). ¡Ánimo, Cristo cuenta contigo!


Hno. Miguel Jiménez, EdMP

5 de octubre de 2025

Fuera caretas

 

Fuera caretas



Con frecuencia, nos miramos a nosotros mismos pensando en cómo nos juzgará el mundo. Vivimos pendientes de cómo nos miran los demás, incluso en nuestras redes sociales revisamos el número de “me gusta” o de seguidores que hemos conseguido. Así, nos construimos un mundo en el que, guardando la apariencia que queremos que los demás vean, tenemos nuestro amor propio y nuestra vanidad bien conservados. De este modo, nos ponemos una máscara diferente de lo que guardamos en nuestro interior. Y con ella tratamos de conseguir el afecto y el aplauso de los demás. Compramos una marca, nos descargamos una aplicación, vemos una serie… todo ello para aparentar ser lo que la sociedad quiere que sea.

En este ambiente tan superficial en el que nos encontramos, tratamos de dar la talla, conseguir el mayor éxito posible, para así mantener la buena imagen que nos hemos forjado ante los demás. Y en este mundillo del “tanto tienes tanto vales” hay alguien que te quiere tal y como eres, con tus virtudes y tus defectos: “eres precioso ante mí, de gran precio, y yo te amo” (Is. 43, 4). Sí, sabe bien de las cosas que se te dan mal, de aquello que te cuesta, lo conoce perfectamente, y te ama. De hecho, te ha creado por amor y para amarte: “antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jr. 1, 5).

Eso por eso que ya va siendo hora de quitarse la máscara y presentarnos ante Dios tal y como somos, confiando totalmente en su Amor y Misericordia. Y experimentar la ternura de Dios Padre con nosotros, que no tiene en cuenta nuestras miserias, sino que más bien las abraza. Conscientes de esta grandeza, será un gran propósito vivir en la humildad y en la sencillez. Tal vez para ello pueda ayudar rezar las “letanías de la humildad” del Cardenal Merry del Val. Entonces seremos algo más transparentes, sin complejos, sin empeñarnos en dar una imagen de algo que no somos.

Como dijo San Ignacio de Loyola a San Francisco Javier en El divino impaciente de José María Pemán: “no hay virtud más eminente / que el hacer sencillamente / lo que tenemos que hacer”.


Hno. Miguel Jiménez, EdMP